Formativo

Día litúrgico: Viernes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?”. Jesús le contestó: “El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos”.

Le dijo el escriba: “Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a sí mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios”.

Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: “No estás lejos del Reino de Dios”. Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.

Hoy, la liturgia cuaresmal nos presenta el amor como la raíz más profunda de la autocomunicación de Dios: “El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé” (Santa Catalina de Siena).

Dios es amor todopoderoso, amor hasta el extremo, amor crucificado: “Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad” (Benedicto XVI).

Este Evangelio no es sólo una autorrevelación de cómo Dios mismo —en su Hijo— quiere ser amado. Con un mandamiento del Deuteronomio: “Ama al Señor, tu Dios” (Dt 6,5) y otro del Levítico: “Ama a los otros” (Lev 19,18), Jesús lleva a término la plenitud de la Ley. Él ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo.

Fuente:Aleteia

Los pastorcitos de Fátima, Francisco y Jacinta Martos, serán declarados santos pronto luego que el Papa Francisco aprobase este jueves el decreto que reconoce el milagro atribuido a la intercesión de ambos hermanos, que junto a Sor Lucía fueron testigos de las apariciones de la Virgen en Portugal en 1917.

El Vaticano informó que el Pontíifice recibió al Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Amato, y aprobó la promulgación del decreto que reconoce “el milagro atribuido a la intercesión del Beato Francisco Marto, nacido el 11 de junio de 1908 y muerto el 4 de abril de 1919, y de la Beata Jacinta Marto, nacida el 11 de marzo de 1910 y muerta el 20 de febrero de 1920”.

El milagro que permitirá la canonización de ambos pastorcitos es la curación de un niño brasileño.

Los hermanos Francisco y Jacinta fueron beatificados en el año 2000 por el Papa San Juan Pablo II.

Junto con su prima Lucía, fueron testigos de las apariciones de la Virgen María en Cova de Iría, en Fátima, entre mayo y octubre de 1917. Francisco tenía nueve años, Jacinta siete y Lucía diez.

En total, la Virgen se les apareció 6 veces. En la tercera aparición, el 13 de julio, la Virgen les reveló el Secreto de Fátima. Según las crónicas, Lucía se puso pálida y gritó de miedo llamando a la Virgen por su nombre. Hubo un trueno, y la visión terminó.

Durante el período de tiempo en que se produjeron las apariciones, los tres niños tuvieron que hacer frente a las incomprensiones de sus familias y vecinos, y a la persecución del gobierno portugués, profundamente anticlerical. Pero aceptaron esas dificultades con fe y valentía: “Si nos matan, no importa. Vamos al cielo”, decían.

Tras las apariciones, los tres pastorcitos siguieron su vida normal, hasta la muerte de Francisco y Jacinta.

Francisco mostró un espíritu de amor y reparación para con Dios ofendido, a pesar de su vida tan corta. Su gran preocupación era “consolar a Nuestro Señor”. Pasaba horas pensando en Dios, por lo que siempre fue considerado como un contemplativo.

Su precoz vocación de eremita fue reconocida en el decreto de heroicidad de virtudes, según el cual después de las apariciones “se escondía detrás de los árboles para rezar solo; otras veces subía a los lugares más elevados y solitarios y ahí se entregaba a la oración tan intensamente que no oía las voces de los que lo llamaban”.

La vida de Jacinta se caracterizó por el Espíritu de sacrificio, el amor al Corazón de María, al Santo Padre y a los pecadores. Llevada por la preocupación de la salvación de los pecadores y del desagravio al Corazón Inmaculado de María, de todo ofrecía un sacrificio a Dios.

Fuente: aciprensa

En la Misa matutina celebrada en la Casa Santa Marta el jueves, el Papa Francisco advirtió del peligro que corren los católicos que dan la espalda a la Palabra de Dios. “Pueden perder el sentido de la fidelidad y convertirse en católicos paganos, en católicos ateos”.

“Cuando no nos paramos a escuchar la voz del Señor terminamos por alejarnos, nos alejamos de Él, le damos la espalda. Y si no escuchamos la voz del Señor, escuchamos otras voces”. “Nos volvemos sordos, sordos a la Palabra de Dios”, explicó.

Por ello, el Santo Padre invitó a “detenemos un poco y mirar hacia nuestro corazón. Veremos cuántas veces tenemos cerrados los oídos y cuántas veces nos volvemos sordos”.

El Pontífice subrayó la importancia de identificar ese problema en el alma de cada uno, para evitar terminar dando la espalda a Dios y caer en la idolatría. “Cuando un pueblo, una comunidad, también una comunidad cristiana, una parroquia, una diócesis, cierra los oídos y se vuelve sorda a la Palabra del Señor, busca otras voces, otros señores y va a terminar con los ídolos, los ídolos del mundo, de la mundanidad, que la sociedad ofrece. Se aleja del Dios vivo”.

En definitiva, “el corazón se vuelve más duro, más cerrado en sí mismo. Duro e incapaz de recibir nada”.

“Estas dos cosas, no escuchar la Palabra de Dios y tener el corazón endurecido y cerrado en sí mismo, nos hacen cerrarnos a la fidelidad. Se pierde el sentido de la fidelidad”.

Como consecuencia, “nos convertimos en católicos infieles, en católicos paganos o, todavía peor, en católicos ateos, porque no tenemos como referencia de amor al Dios viviente. No escuchar y dar la espalda a Dios nos lleva por el camino de la infidelidad”.

“Esa infidelidad, ¿cómo se llena? Se llena de una forma de confusión, no se sabe dónde está Dios o dónde no está, se confunde a Dios con el diablo”. Puso como ejemplo de ello el pasaje del Evangelio en el que “a Jesús, que hace milagros, que hace tantas cosas por la salvación de las personas, le dicen: ‘Y esto lo hace porque es un hijo del diablo. Lo hace por el poder de Belzebú”.

“Esa es la blasfemia –continuó Francisco–. La blasfemia es la palabra final de ese proceso que comienza con no escuchar, que endurece el corazón, que lleva a la confusión, que te hace olvidar la fidelidad y, finalmente, lleva a la blasfemia”.

Por ello, el Papa invitó a coger una Biblia y preguntarse: “¿Me está hablando a mí? ¿Mi corazón se ha endurecido? ¿Me he alejado del Señor? ¿He perdido la fidelidad al Señor y vivo con los ídolos que me ofrece la mundanidad de cada día?”.

Fuente: aciprensa

El Papa Francisco afirmó que los fuertes deben proteger a los débiles siguiendo el ejemplo de Cristo, que es “el hermano fuerte que se preocupa por cada uno de nosotros”.

En la catequesis de la Audiencia General del miércoles, el Santo Padre continuó desgranando las cartas de San Pablo en las cuales el Apóstol explica en qué consiste la esperanza cristiana.

Francisco reflexionó sobre las palabras del Apóstol cuando dice que “nosotros, que somos fuertes, tenemos el deber de llevar la enfermedad de los débiles, sin preocuparnos por nosotros mismos”.

“Esta expresión, ‘nosotros que somos fuertes’ –explicó el Pontífice–, puede parecer presuntuosa, pero en la lógica del Evangelio sabemos que no es así. Es justo lo contrario, porque nuestra fuerza no viene de nosotros, sino del Señor”.

“Quien experimenta en la propia vida el amor fiel de Dios y su consuelo, está más bien obligado a permanecer cerca de los hermanos más débiles y a hacerse cargo de su fragilidad. Y debe hacerlo sin satisfacción de sí mismo, más bien sintiéndose simplemente como un canal que transmite el don del Señor; y así se convierte en un sembrador de esperanza”.

Francisco señaló que “si permanecemos cercanos al Señor tendremos la necesaria fortaleza para permanecer cercanos a los más débiles, a los más necesitados, y consolarles y darles fuerza. Y con esa fuerza, Dios nos pide ser sembradores de esperanza”.

Sin embargo, el Obispo de Roma negó que San Pablo esté hablando de “cristianos de primera” y “cristianos de segunda”.

“El fruto de este estilo de vida no es una comunidad en la que algunos sean de ‘serie A’, esto es, los fuertes, y otros de ‘serie B’, es decir, los débiles”. De hecho, Francisco recordó que, “también el ‘fuerte’ se encontrará, antes o después, en una situación de fragilidad, y necesitará el consuelo de los otros; y viceversa, en la debilidad se puede siempre ofrecer una sonrisa o una mano tendida al hermano en dificultad”.

“Todo esto es posible si se pone en el centro a Cristo y su Palabra. Porque Él es el fuerte, Él es el que te da la fortaleza, la paciencia, la esperanza, el consuelo. Él es el hermano fuerte que se preocupa por cada uno de nosotros”.

“Perseverancia” y “consuelo” son los dos puntos centrales del fragmento de la Carta de San Pablo a los Romanos. “¿Cuál es su significado más profundo, más verdadero? ¿Y en qué modo alumbran la realidad de la esperanza?”, se preguntó.

“Podemos definir la perseverancia como la paciencia: es la capacidad de soportar, de permanecer fieles, incluso cuando el peso que debemos soportar parece demasiado grande, insostenible, y estamos tentados de juzgar negativamente y de abandonar todo y a todos”.

“El consuelo, por otro lado, es la gracia de saber tomar y mostrar en cada situación, incluso en aquellas más marcadas por la desilusión y el sufrimiento, la presencia y la acción compasiva de Dios”.

En este sentido, “San Pablo nos recuerda que la perseverancia y el consuelo se nos transmiten de forma especial en la Escritura, en la Biblia. De hecho, la Palabra de Dios, en primer lugar, nos lleva a querer la mirada de Jesús, a conocer mejor a Jesús y a recibirle, a parecernos siempre más a Él”.

“En segundo lugar, la Palabra nos revela que el Señor es de verdad ‘el Dios de la perseverancia y del consuelo’, que permanece siempre fiel a su amor por nosotros y que se preocupa por nosotros, recubriendo nuestras heridas con la caricia de su bondad y de su misericordia”.

“Dios no se cansa de amarnos. Es perseverante. Siempre nos ama. Nos consuela. No se cansa de consolarlos”, concluyó.

Fuente: aciprensa

“No hay nada más traicionero que el corazón”, advirtió el Papa Francisco durante la Misa matutina celebrada en la Casa Santa Marta, en el Vaticano.

“¡Maldito el hombre que confía en sí mismo, que confía en su corazón!”, exclamó recitando el Salmo 1. En su homilía, el Santo Padre comentó la parábola del rico y el pobre Lázaro. El rico “sabía que era rico: lo sabía. Porque luego, cuando habla con el padre Abraham, dice: ‘Envíame a Lázaro’. ¡Ah, que incluso sabía cómo se llamaba! Pero no le importaba. ¿Era un hombre pecador? Sí. Pero del pecado se puede salir: si pide perdón, el Señor perdona. Pero el corazón le había llevado por un camino de muerte hasta el punto de no poder volver atrás”.

“Hay un punto –explicó Francisco–, hay un momento, hay un límite a partir del cual difícilmente se puede volver atrás. Ese momento se produce cuando el pecado se transforma en corrupción. Esta persona, el rico de la parábola, no era un pecador, era un corrupto. Porque sabía de la existencia de la miseria, pero era feliz a pesar de todo y no le importaba nada”.

Esta lectura es una advertencia de que “el hombre que confía en el hombre pone su existencia en la carne, es decir, en aquello que puede manejar, en la vanidad, en el orgullo, en las riquezas”. Todo ello produce un “alejamiento del Señor”.

Por el contrario, el Papa destacó “la fecundidad del hombre que confía en el Señor, frente a la esterilidad del hombre que confía en sí mismo”. “Ese camino, es un camino peligroso, un camino resbaladizo, cuando solamente confío en mi corazón, que es traicionero y peligroso”.

“Cuando una persona vive en su ambiente cerrado, respira ese aire de sus propios bienes, de su satisfacción, de su vanidad, de sentirse seguro, y se fía sólo de sí mismo, pierde la orientación, pierde la brújula y no sabe dónde están los límites”.

El Pontífice quiso llevar al terreno de la vida cotidiana la escena evangélica entre el rico y el pobre Lázaro: “¿Qué sentimos en el corazón cuando vamos por la calle y vemos a las personas sin hogar, a los niños abandonados que piden una limosna? –se preguntó–. ‘No, es que estos son de esa etnia que roban…’. ¿Voy adelante actuando así?”.

“Los sintecho, los pobres, los abandonados, incluso los sintecho bien vestidos que no tienen dinero para pagar el alquiler porque no tienen trabajo. ¿Qué es lo que siento? Esto forma parte del panorama, del paisaje de una ciudad, como una estatua, como la parada del autobús, la oficina postal… ¿También los sintecho son parte de la ciudad? ¿Es esto normal?”.

“Estad atentos. Estemos atentos. Cuando estas cosas suenan como algo normal en nuestro corazón, cuando nos justificamos diciendo ‘es que así es la vida. Como, bebo, pero para quitarme un poco de culpa doy una limosna y sigo adelante’, entonces no vamos por buen camino”, advirtió.

“Por eso, pidamos al Señor: ‘Escruta, Dios, mi corazón. Mira si recorro el camino equivocado, si estoy avanzando por ese camino resbaladizo del pecado, de la corrupción, en el cual no se puede dar media vuelta y guíame hacia el camino de la vida eterna’”.

Lectura comentada por el Papa Francisco:

Lucas 16:19-31

19 «Era un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas.

20 Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas,

21 deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas.

22 Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado.

23 «Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno.

24 Y, gritando, dijo: "Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama."

25 Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado.

26 Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros."

27 «Replicó: "Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre,

28 porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento."

29 Díjole Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan."

30 El dijo: "No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán."

31 Le contestó: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite."»

Por Miguel Pérez Pichel

Fuente: aciprensa

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