1. Durante los primeros siglos de nuestra era, a través del derecho romano la mujer era considerada un mero eslabón de la familia o una mercancía que se intercambiaba a cambio de una dote. El padre elegía al esposo de su hija y tenía, durante toda su vida, el poder de decidir sobre la vida o la muerte de ella.

El cristianismo aporta toda una nueva forma de considerar a la mujer. Los signos y las palabras de Jesucristo iban dirigidos a hombres y mujeres por igual, sin distinción.

Desde los comienzos de la Iglesia, los pecados de todos, de hombres y mujeres, fueron perdonados de igual forma para todos. Les fue prometido el mismo paraíso. Los derechos y deberes de un cristiano son idénticos para los dos sexos.

2. Es en este contexto del comienzo de la era cristiana cuando Cecilia e Inés (o Agnes) de Roma, entre otras muchas mujeres, se atrevieron a proclamar su libertad personal en el nombre de Jesucristo. Y lo pagaron con su vida.

Se opusieron a la injusta autoridad paternal, a las presiones familiares y a las costumbres seculares de vivir un matrimonio forzado. Ellas habían elegido consagrar su vida y su virginidad al amor de Jesucristo.

La Iglesia se pronunció en su defensa e hizo todo lo que pudo por que su elección fuera respetada. Pero hicieron falta mucho tiempo y muchos mártires para que las costumbres cambiaran y el ideal cristiano pudiera ser respetado por las autoridades civiles.

3. Sin embargo, hay muchos ejemplos que podrían mostrar cómo la Iglesia ha tenido acaloradas discusiones en relación a la mujer. Algunas cuestiones, por cierto, han perdurado varios siglos y no han sido siempre en favor de la mujer.

Al ritmo de la mentalidad de su tiempo, la Iglesia logra finalmente, aunque tal vez con demasiada lentitud, alcanzar un justo reconocimiento de la dignidad de la mujer.

Por fin en el matrimonio la Iglesia exige el libre consentimiento de la mujer y del hombre como condición sine qua non para la validez del sacramento. ¿La razón? Una sola: proteger a las jóvenes de los matrimonios concertados por sus padres o del secuestro.

4. A partir del siglo XI comienza a desarrollarse una devoción muy especial hacia la Virgen María y una gran parte de las catedrales góticas que visitamos aún hoy día están dedicadas a ella, como por ejemplo, Notre-Dame de París.

En esta época, las mujeres, sobre todo las de la alta nobleza, gozaban de un mayor prestigio y de una libertad que las conducía incluso a acompañar a sus esposos a las cruzadas. En las cortes reales de diferentes países, las niñas recibían la misma educación que los niños.

Los monasterios femeninos se convirtieron en auténticos focos de cultura. Un buen número de mujeres se convirtieron en autoras de obras literarias, teatrales y espirituales.

5. A partir del siglo XVI, en los países que habían adoptado la Reforma protestante, se suprimieron las formas de vida consagrada en las que las mujeres podían encontrar una forma de realización personal que no fuera el matrimonio, así como la veneración a la Virgen María, que representaba una puesta en valor indiscutible de la feminidad.

6. En Francia, el contexto revolucionario buscará por todos los medios excluir de la visibilidad sociocultural y política tanto a la Iglesia como a las mujeres.

La secularización siguió creciendo como una afirmación de modernidad, con modelos de realización típicamente masculinos.

El progreso de la condición de la mujer, por desgracia, da un paso hacia atrás, habida cuenta de que, ya desde el Renacimiento, los juristas habían resucitado el derecho romano y, con él, el estatus de inferioridad de la mujer.

Esta recesión se verá confirmada en el Código Civil Napoleónico, inspirado en el derecho justiniano, obra del emperador bizantino del siglo VI, que hacía de la mujer un ser “eternamente inferior”.

7. Con la Revolución Industrial y la Primera Guerra Mundial se acelera la participación de las mujeres en el mundo laboral y en los años 90 las mujeres europeas y americanas se encuentran entre las más libres del mundo.

El movimiento feminista había conseguido la mayor parte de sus objetivos: derecho a la educación, derecho al voto, acceso a todas las profesiones, igualdad de salario y muchas otras libertades.

Con todos estos logros, uno podría pensar que, habiendo obtenido la igualdad en dignidad y en derechos en relación al hombre, la mujer ya no se volvería a sentir oprimida. Los estudios de género no tardarían en llegar.

La Iglesia se explica claramente sobre las consecuencias que entraña un menosprecio de este tipo hacia la complementariedad hombre-mujer en la sociedad.

Además, podemos constatar que la Iglesia nunca ha escrito tanto sobre la dignidad de la mujer que durante los últimos veinte años.

Fuente: Aleteia

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