¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado! Nuestro Señor triunfó sobre la muerte y el pecado, y su triunfo nos invita a seguirlo. Si queremos seguirlo en la gloria, tendremos que seguirlo en su Pasión. Su triunfo sobre la muerte es clarísimo, lo que no nos queda claro es cómo vence sobre el pecado. La Cuaresma es una conmemoración de los cuarenta días que Nuestro Señor pasó en el desierto, donde fue tentado por Satanás («Cuánto miedo tendría el maldito», dice Santa Teresa) y venció las tentaciones con oración y ayuno.

Pero las tentaciones que venció Jesús, ¿son las mismas tentaciones que tenemos todos los hombres? Parecen tentaciones bastante “raras”. Pan para alguien que acaba de ayunar cuarenta días: ¿no sería necesario? ¿No sería algo deseable poder comer un poco de pan, aunque sea? Volar por los aires desde el pináculo del templo, eso sí que es bien raro. Yo diría que si rechazó pan, ¿para qué necesitaría volar? Y después le ofrece todos los reinos de la Tierra, si postrándose, lo adora. Bueno, no sé a ustedes, pero a mí el diablo jamás me ofreció todos los reinos de la tierra, ni volar, ni siquiera pan… ¿Nuestras tentaciones son iguales?

¿Cómo nos tienta el diablo?

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Las tentaciones de Jesús son las tentaciones “típicas”, en el sentido que son el “tipo” sobre el que se calcan las tentaciones de los demás hombres. En la meditación de las Dos Banderas, de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio dice:

«(…) primero hayan de tentar de codicia de riquezas, como suele, […], para que más fácilmente vengan a vano honor del mundo, y después a crecida soberbia; de manera que el primer escalón sea de riquezas, el segundo de honor, el tercero de soberbia, y de estos tres escalones induce a todos los otros vicios».

La primera tentación: La codicia

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La primera tentación de Cristo, la de convertir las piedras en pan, es la tentación de la codicia de los bienes materiales. Jesús estaba realmente hambriento, y necesitaba pan ciertamente, pero el problema era el “cómo” obtener esas “riquezas”. Satanás lo tentaba a que usara sus poderes espirituales para conseguir algo que podía conseguir por unas pocas monedas en cualquier lugar. Poco tiempo después, cuando estaba en Caná, Nuestro Señor hizo un milagro similar, transformar agua en vino, pero lo hizo por pedido de su Madre, y no por pedido del tentador, y lo hizo por un bien espiritual: con ese pequeño milagro, «sus discípulos creyeron en Él».

La segunda tentación: El orgullo

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Este tentación tiene que ver con el “vano honor del mundo”. Volar como un helicóptero desde el pináculo del templo, seguramente haría famosísimo a Jesús. Pero no era su objetivo, Él no quería hacerse famoso, es más, huía de aquellos que lo querían proclamar Rey de Israel, porque «Su Reino no es de este mundo». Jesús no necesitaba la fama, y de hecho, sin volar, se hizo con su Pasión, Muerte y Resurrección, la persona más “famosa” del mundo, al punto que dividió la historia en dos.

La tercera tentación: El poder

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Esta es la tentación del poder directo sobre todas las naciones del mundo. También Jesús lo podría haber obtenido, de hecho, lo obtuvo, porque los mansos de corazón heredaron la tierra. El “problemita” es que satanás le ofrecía esos reinos si Jesús se postraba para adorarlo. Dios adorando a satanás. No creo.

Vistas así, las tentaciones no parecen tan raras. Y es que el diablo no es sonso. Tienta a cada uno según su propia naturaleza, y a todos nos tienta igual, nada más que con lo que Dios nos va a dar de todos modos. A Adán y a Eva los tentó diciéndoles «Seréis como Dioses», y mediante la vida de la gracia podemos “ser como Dios”, es decir, participar en su vida divina.

Somos tentados con astucia

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Como nos tienta según nuestra propia naturaleza, nos tienta con cosas que nos aparecen a nosotros como «apetitosas para comer, agradables a la vista y deseables para adquirir discernimiento». Este “esquema” de tentación está siempre presente: primero, nos tienta con el apetito sensible, luego con la vanidad, y por último con la soberbia. En su Exhortación Apostólica “Firmes en la Brecha”, el obispo de Phoenix, Thomas Olmsted, hace un llamado de atención sobre este modo de trabajar del diablo:

«En su primera Carta a la Iglesia, San Juan habla de la triple tentación que todos enfrentamos: tentaciones a la pasión de la carne, codicia y ostentación de riqueza (1 Juan 2, 16-17). ¿Qué no están todos los pecados ligados a estos tres? Juan identifica las batallas que todos debemos pelear en nuestro interior».

Para los hombres (varones), nada es hoy más visible que esta triple tentación. Nos tienta con la “carne”, especialmente mediante la pornografía, a obtener placeres ilícitos de la sexualidad. Nos tienta mediante la codicia, a obtener cosas que no necesitamos, a buscar la añadidura sin ocuparnos de las cosas del Reino, y nos tienta a la ostentación, a vanidosamente “demostrar” que tenemos más que los otros, que nuestro auto es más nuevo, o nuestro celular más moderno, o nuestra vida mejor que la del prójimo.

Y lo malo es que como esos pecados son de acuerdo a nuestra naturaleza masculina, pecamos casi “con gusto” con las tentaciones que satanás nos ofrece. Estamos atiborrados de testosterona y nuestra carnalidad es fácilmente tentable. Estamos llamados a conquistar, mediante la fuerza, y en este mundo que nos toca vivir, donde la vida sedentaria ha hecho que desaparezca el esfuerzo físico hasta para las tareas más sencillas, esa “testosterona sobrante” se resuelve en lujuria y agresividad. Nos tienta con la codicia, y somos “mandados a hacer” para obtener cosas del mundo. Nacimos para vivir en un mundo hostil, y lo que antes se resolvía en fuerza para vencer a las inclemencias del tiempo y las dificultades de la vida, actualmente se desarrolla en codicia. Queremos más. No importa qué, pero queremos más, mucho más, aunque ya tengamos suficiente. Acumulamos “tesoros” y se nos va la vida en pagar lujos que no disfrutamos. Y nos tienta con la soberbia, naturalmente. Si obtuvimos tantas cosas, tenemos que exhibirlas. Y para ello nos jactamos, y las exhibimos, paseándonos en ellas o mostrándolas en nuestras redes sociales, o en las reuniones familiares o de amigos.

Pecamos entonces siguiendo el mismo esquema de siempre: apetitos sensibles, vanidad, orgullo, posesividad, codicia. La mecánica de las tentaciones es siempre la misma: cuando alguna cosa creada ocupa el lugar de Dios. Esa cosa creada puede ser cualquiera: la carnalidad, el ego, o las riquezas, cuando las queremos más que a Dios, estamos en un grave, gravísimo problema. Porque nuestra alma tiene un agujero del tamaño de Dios, y tratar de llenarla con alguna criatura finita, nos hace más infelices, y no más felices. De allí la gran ansiedad y depresión del mundo contemporáneo: tienen demasiado, y no saben qué hacer con ese demasiado. Pero no tienen lo único necesario, lo único que puede hacerlos felices: el Amor Infinito de Dios. Quien a Dios tiene, nada le falta. Solo Dios basta.

Si te sientes muy tentado o has caído… recuerda acercarte al sacramento de la confesión.

Fuente:CatholicLink

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