Homilía

Diócesis de Valledupar
Animación Bíblica de la Pastoral-ABP.
(Lunes 7a TO - San Cristóbal Magallanes, Presbítero y Compañeros, Mártires)

Marcos 9,14-29
«Al llegar junto a los discípulos, vio a mucha gente que les rodeaba y a unos escribas que discutían con ellos. Toda la gente, al verle, quedó sorprendida y corrieron a saludarle. Él les preguntó: «¿De qué discutís con ellos?» Uno de entre la gente le respondió: «Maestro, te he traído a mi hijo que tiene un espíritu mudo y, dondequiera que se apodera de él, le derriba, le hace echar espumarajos, rechinar de dientes y le deja rígido. He dicho a tus discípulos que lo expulsaran, pero no han podido.» Él les responde: «¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo habré de soportaros? ¡Traédmelo!» Y se lo trajeron. Apenas el espíritu vio a Jesús, agitó violentamente al muchacho y, cayendo en tierra, se revolcaba echando espumarajos. Entonces él preguntó a su padre: «¿Cuánto tiempo hace que le viene sucediendo esto?» Le dijo: «Desde niño. Y muchas veces le ha arrojado al fuego y al agua para acabar con él; pero, si algo puedes, ayúdanos, compadécete de nosotros.» Jesús le dijo: «¡Qué es eso de si puedes! ¡Todo es posible para quien cree!» Al instante gritó el padre del muchacho: «¡Creo, ayuda a mi poca fe!» Viendo Jesús que se agolpaba la gente, increpó al espíritu inmundo, diciéndole: «Espíritu sordo y mudo, yo te lo mando: sal de él y no entres más en él.» Y el espíritu salió dando gritos y agitándole con violencia. El muchacho quedó como muerto, hasta el punto de que muchos decían que había muerto. Pero Jesús, tomándole de la mano, le levantó y él se puso en pie. Cuando Jesús entró en casa, le preguntaban en privado sus discípulos: «¿Por qué nosotros no pudimos expulsarle?» Les dijo: «Esta clase con nada puede ser arrojada sino con la oración.»
Palabra de Dios...

Padre Santo, ayúdame a vivir cristianamente y que mi fe se manifieste en cada uno de mis actos, de modo tal que en cada uno de ellos de testimonio de tu amor.

Meditación
La lectura del evangelio de hoy sitúa el relato a continuación del texto de la trasfiguración, dónde Jesús ha revelado su gloria a tres de sus discípulos (Pedro, Santiago y Juan). La curación del “endemoniado” va a poner el acento no tanto en el hecho de la sanación como en las enseñanzas que se desprenden para la comunidad.

Al bajar del monte Jesús y sus tres discípulos se encuentran, con una gran muchedumbre del pueblo y con los escribas que sostienen una disputa con los otros discípulos de Jesús. No se sabe el motivo de la discusión, pero por lo que se va a decir en la narración podemos pensar que discutían sobre el poder para expulsar los demonios y sobre si Jesús podría curar aquel caso tan grave, que los discípulos no habían podido curar.

El padre expone a Jesús la enfermedad de su hijo. El muchacho está poseído por un espíritu inmundo, que le invade repentinamente y le tira contra el suelo. Al espíritu se le llama “mudo”. Jesús se queja contra la “generación incrédula”, expresión que no ha cesado de resonar en boca de los profetas desde los tiempos de Moisés; y condena la postura del pueblo. Este ve los milagros como algo externo y sólo busca ayuda para sus necesidades materiales, sin llegar a penetrar el auténtico sentido de estas acciones salvadoras del Señor. Pero Jesús, que deja escapar de su corazón este lamento, se vuelve hacia ellos con amor y compasión. El manda, que le traigan al muchacho, que padece el mal desde la infancia.

Tras la queja contra la generación incrédula, la fe se convierte en el tema central. La observación del padre desesperanzado: “pero si tú puedes algo...” la recoge Jesús que advierte: “Todo es posible para el que cree”. El hombre que ha comprendido lo que Jesús le dice, exclama inmediatamente: “¡Creo! ¡Ayúdame tú en mi falta de fe!”. El grito de este padre, es la voz de tantos creyentes que hoy piden a Jesús: Ayuda mi poca fe. Cuando el demonio ha sido expulsado, Jesús toma por la mano al muchacho que yacía inerte, y éste “se puso en pie”. El joven parecía muerto y la fe en Jesús le ha vuelto a la vida.

El diálogo, que sostienen después los discípulos con Jesús, es un indicio de que el evangelista aún quiere dar una enseñanza particular a la comunidad. La “casa” y la anotación “aparte” son recursos estilísticos de Marcos para reclamar la escucha atenta de la comunidad a la respuesta de Jesús con la que concluye el relato. A la pregunta de los discípulos de por qué ellos no habían podido curar al muchacho poseso, responde Jesús: “Esta clase de demonios sólo puede ser expulsada por la oración”. A la fe, a la que todo le es posible, debe seguir la oración humilde y apremiante que espera de Dios, lo que es humanamente imposible. ¿Es así nuestra oración capaz de hacer posible lo imposible?

Hna. Carmen Román Martínez O.P.
Congregación de Santo Domingo

Fuente:https://www.dominicos.org/

Diócesis de Valledupar
Animación Bíblica de la Pastoral-ABP.
(Sábado 7a de Pascua - Santa María Bernarda Bütler)

Juan 21,20-25
«Pedro se vuelve y ve, siguiéndoles detrás, al discípulo a quien Jesús amaba, que además durante la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?» Viéndole Pedro, dice a Jesús: «Señor, y éste, ¿qué?» Jesús le respondió: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme.» Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: «No morirá», sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga.» Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.»
Palabra de Dios...

Amar a Jesús y ser amada/o por Jesús es “seguirlo”, ayúdame y dame la fuerza de seguirte con perseverancia, sin mirar atras.

Meditación
Llegamos al final del tiempo Pascual y también al final del Evangelio de Juan. En este pasaje nos sorprende Jesús con una respuesta inusual a quien ha pasado su vida predicando el amor a los hermanos. Ese: “y a ti que te importa” que le dice a Pedro cuando le pregunta por el futuro de Juan, no es una “mala contestación” sino el preámbulo perfecto para resaltar lo que viene después: “Tú, sígueme”.

Jesús llama a Pedro a su seguimiento, y con él nos llama a nosotros. Todos somos discípulos del Señor. Nuestro seguimiento es consecuencia de haberlo conocido, de amarlo y de estar totalmente comprometidos con Él y con su Evangelio. Nadie puede andar ese camino por nosotros, ni nosotros marcar el paso de los otros. El seguimiento de Jesús es único e intransferible para cada persona. Tenemos que descubrir lo que Dios ha soñado para nosotros y pedir la gracia y la fuerza para ser fieles a la llamada del Señor.

Nuestro modelo a seguir es Jesús, por eso no nos debe importar cómo lo sigan otros. Tengamos los ojos fijos en Él para no distraernos en el camino y perder el tiempo en cosas que no pueden colmar nuestro anhelo de felicidad.

Ven Espíritu Divino, infunde en nosotros la fuerza para ser fieles discípulos de Jesús. Amén.

MM. Dominicas
Monasterio de Sta. Ana (Murcia)

Fuente: https://www.dominicos.org/ 

Diócesis de Valledupar
Animación Bíblica de la Pastoral-ABP.
(Miércoles 7a de Pascua)

Juan 17,11b-19
«Así habló Jesús, y alzando los ojos al cielo, dijo: Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros. Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido, salvo el hijo de perdición, para que se cumpliera la Escritura. Pero ahora voy a ti, y digo estas cosas en el mundo para que tengan en sí mismos mi alegría colmada. Yo les he dado tu palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como yo no soy del mundo. No te pido que los retires del mundo, sino que los guardes del Maligno. Ellos no son del mundo, como yo no soy del mundo. Santifícalos en la verdad: tu palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad.»
Palabra de Dios...

Señor, concédeme no tener en la vida otra tarea, otra ocupación, otra ilusión que ser santificado en la verdad.

Meditación
Cristo le pide al Padre que nos guarde ahora que Él se va. Le ruega que nos proteja del mal, pero no que nos aísle… “No ruego que los retires del mundo, sino que los guardes del mal” Jesús nos quiere en medio del mundo, entre las gentes, en cualquier lugar y ámbito, pero es consciente de que el mal está ahí, que nos acecha y nos persigue, que intentará entorpecer nuestra misión. Pero antes de ir al Padre nos recuerda una vez más el arma, el instrumento que nos deja para trabajar por los demás: “Yo les he dado tu palabra…” Para más adelante recalcar: “Conságralos en la Verdad; tu Palabra es verdad”

¡Qué intimidad tan profunda revelan las palabras de Jesús para con su Padre! Son las últimas palabras, la oración que da comienzo a su pasión. San Juan nos hace participes de la visión de su corazón, que se dirige a su Padre en la cena de despedida: su petición la hace por los suyos, sus discípulos, los continuadores de su misión: Padre mío: que sean uno, como tú y yo.

¡Qué unidad más fuerte, más compacta puede haber, como la de la Trinidad: identificación de divinidad, de voluntad, unión en el Amor!
Ut Unum sint. ¡Cuánto necesita el mundo en estos días de esta unidad!

No hay unidad donde no hay amor, no hay unidad donde no está Dios. Cuánta guerra, cuánto odio, cuánta incomprensión, cuánto rencor, aun en la tierra donde vivió el príncipe de la paz, donde Dios encarnado dirigió a su Padre este deseo: presérvalos del mal. Este mensaje proclamado por Cristo es el que los apóstoles han transmitido al mundo.
Ellos son los testimonios de la verdad, de la paz, del perdón; la paz que el mundo NO TIENE, ni puede dar; más aún los ha odiado porque no son del mundo. A nosotros los cristianos nos corresponde ser continuadores de esa misión: de hacer vida el nombre que llevamos: Cristianos, seguidores de Cristo, otros cristos, constructores, príncipes de la paz.

La misión que se nos encomienda no es sencilla, nosotros solos seríamos incapaces de llevarla a cabo, pero estamos en las manos de Dios, y Dios es padre, es ternura, es auxilio y comprensión. Nadie como Él nos conoce y tenemos la certeza de que nunca nos abandonará.

El mundo no es sencillo, el mal acecha, nuestro mensaje puede ser incómodo, pero de la mano de Dios Padre, apoyados en Dios Hijo y con la inspiración de la Palabra por parte de Dios Espíritu Santo somos capaces de todo. La alegría del Evangelio saldrá por todos los poros de nuestra piel por muchas nubes que haya en el cielo y por muchas piedras que haya en nuestro camino.

Señor, dejo en tus manos mis preocupaciones. Ayúdame a confiar en tu providencia, para que la revisión de mis actitudes y comportamiento, me ayude a vivir lo que creo. Sé que Tú estás conmigo, pero frecuentemente se me dificulta compartir mi fe con los demás. Dame la fortaleza para hablar de Ti y de tu amor, especialmente a mi familia.

Fuente: Varias

Diócesis de Valledupar
Animación Bíblica de la Pastoral-ABP.
(Viernes 6a de Pascua)

Juan 16,20-23a
«En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. La mujer, cuando va a dar a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar.»
Palabra de Dios...

Jesús, te pido que me ayudes a permanecer siempre contigo, a estar cerca de Tí con un corazón apasionado y a aceptar pacientemente lo que sea que quieras de mí. Y hazme ser una persona llena de alegría.

Meditación
El Evangelio de hoy sigue hablando de la alegría y nosotros no podemos hacer menos cuando pretendemos meditarlo y aplicarlo a nuestra vida. El hecho de que un tema se repita dos días seguidos quizá nos habla de su importancia. Parece ser que la alegría no es una actitud menor o despreciable en la vida cristiana sino un elemento constitutivo y esencial.

Estad alegres aunque paséis por momentos de tristeza y dolor, nos viene a decir Jesús. Porque –tenemos que ser realistas– la vida del cristiano, la vida en general, no es siempre una sucesión de momentos de gozo y alegría. En la vida hay enfermedades, separaciones, muertes, conflictos, dificultades, trabajos penosos... Hay también momentos de rutina, de hacer lo mismo, de aburrimiento. Todo eso forma parte de la vida humana y, por ende, de la vida del cristiano. No hay razón para ocultarlo. Y Jesús, sin duda, era muy consciente de ello.

Hasta lo podemos ver reflejado en la primera lectura. En ese año y medio que pasó Pablo enseñando la Palabra en Corinto, tuvo que haber de todo. Momentos buenos y momentos regulares. De hecho, a lo largo del año se fue gestando un conflicto que terminó en la queja de los judíos ante el proconsul Galión. El asunto terminó en nada porque Galión lo desestimó. Pero habría que preguntarle a Sostenes, el jefe de la sinagoga y amigo de Pablo y del nuevo grupo, que recibió gratis una paliza sin que la policía se preocupara. No estaría muy alegre con la paliza.

Tendríamos que aprender a diferenciar entre la alegría profunda del que sabe que está donde debe estar, que hace lo que debe a pesar de que eso signifique esfuerzo, trabajo y pasar por los dolores y conflictos normales de la vida. La alegría que tiene que vivir el cristiano no le exime de pasar por las condiciones normales de la vida por las que tiene que pasar cualquier persona.

¿De dónde le viene al cristiano esa alegría? De levantar la vista al horizonte con esperanza. El cristiano sabe, por su fe, que esta vida está preñada de la Vida que se nos ha regalado en Jesús. El amor del Padre ha producido el milagro de alumbrar en nosotros la esperanza que nos da fuerza y valor y coraje para hacer este camino de la vida con esa alegría profunda en nuestro corazón. Las dificultades no nos abaten. La muerte no nos hunde. Y tenemos fuerzas para abordar los conflictos mediante el amor, la comprensión, el perdón y la reconciliación. Porque el amor de Dios es el centro de nuestra vida.
(Aristóbulo Llorente cmf)

Fuente: Ciudad Redonda

Diócesis de Valledupar
Animación Bíblica de la Pastoral-ABP.
(Jueves 6a de Pascua)

Juan 16,16-20
«Dentro de poco ya no me veréis, y dentro de otro poco me volveréis a ver.» Entonces algunos de sus discípulos comentaron entre sí: «¿Qué es eso que nos dice: 'Dentro de poco ya no me veréis y dentro de otro poco me volveréis a ver' y 'Me voy al Padre'?» Y decían: «¿Qué es ese 'poco'? No sabemos lo que quiere decir.» Se dio cuenta Jesús de que querían preguntarle y les dijo: «¿Andáis preguntándoos acerca de lo que he dicho:
'Dentro de poco no me veréis
y dentro de otro poco me volveréis a ver?'
En verdad, en verdad os digo que lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará. Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. »
Palabra de Dios...

Jesús, te pido que me ayudes a permanecer siempre contigo, a estar cerca de Tí con un corazón apasionado y a aceptar pacientemente lo que sea que quieras de mí. Y hazme ser una persona llena de alegría.

Meditación
Leemos el Evangelio de hoy y quizá no nos quede claro si tenemos que alegrarnos o entristecernos. ¿Está el Señor con nosotros o no? Lo cierto es que para algunos ser cristiano es algo triste y duro. Es como una especie de trabajo pesado, una carga que se lleva sobre los hombros. ¿Cómo alegrarse en esa situación? Da la impresión de que todas las alegrías del cristiano queda relegadas a la otra vida, cuando nos encontremos definitivamente con el Señor.

Dicho en otras palabras, es como si la vida del cristiano fuese, o debiese ser, una cuaresma permanente, dedicada siempre a la penitencia y a prepararnos para nuestra particular pasión, a imitación de la pasión de Cristo. La Pascua, desde esa perspectiva es como una especie de alegría indebida. Algún día llegará. Pero a día de hoy no toca, porque estamos penando en este valle de lágrimas.

La alegría de la vida, la que da la familia, la que dan los amigos, la que da el sentirse bien con el trabajo o con el servicio generoso que hacemos a los demás, parece que es un poco impropia. Hasta corre el chiste de que todas las cosas buenas de la vida o engordan o son pecado.

¡Qué pena que vivamos así nuestra vida cristiana! Porque a los discípulos les tocó vivir en directo aquel momento tan duro de la muerte de Jesús. Aquel si fue tiempo para la tristeza, para llorar sin saber hasta cuándo. Pero, hay que recordarlo y tenerlo siempre presente, ¡Jesús resucitó! Vivimos en este tiempo de la resurrección, de la presencia. La Vida se ha hecho presente en medio de nosotros. Ya no hay lugar para la tristeza sino para el gozo y el disfrute. El cristiano mira este mundo, su propia vida, desde esta perspectiva de la resurrección del Señor. Sabe, en lo más profundo de su corazón, que este mundo se ha abierto a la Vida de Dios, que nuestra vida ya no está herida de muerte sino de Vida. El cristiano está convencido de que somos, los hombres y mujeres de este mundo, creaturas amadas de Dios. Y nuestro Dios es el Dios de la Vida, del Amor y de la Libertad. La tristeza que tuvieron los discípulos se nos ha convertido en gozo y alegría. Nuestro testimonio, nuestra mejor forma de testimoniar la buena nueva del Evangelio al mundo, es vivir en alegría y esperanza cada uno de los momentos de nuestra vida y compartir vida, alegría y esperanza con los que nos rodean.
(Aristóbulo Llorente cmf)

Fuente: Ciudad Redonda

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