Santo

ejemplo de vida consagrada y mística

Youssef Antoun Makhlouf nació el 8 de mayo 1828 en Bkaakafra (Norte del Líbano) de padres maronitas de quienes recibió, junto con sus hermanos, una educación cristiana que lo convirtió en un adepto de la oración desde su infancia. Se inclinó a la vida monacal y ascética, por el ejemplo de sus dos tíos maternos ascetas en la ermita del convento de San Antonio Kozhaya. Era muy piadoso hasta tal punto que los habitantes del pueblo le llamaban “El Santo”. Llevaba a pastar su rebaño, luego se dirigía a la gruta donde se arrodillaba ante la figura de la Virgen María y rezaba. Y así se convirtió la gruta en su primer oratorio y ermita, y más adelante en un lugar de peregrinaje para la oración y los fieles.

En 1851, Youssef abandonó su familia y su pueblo e ingresó al Convento de Nuestra Señora de Mayfouk, donde pasó su primer año,luego entró al convento de San Marón, Annaya, adoptando para sí el nombre de Charbel, uno de los mártires de la Iglesia de Antioquia en el siglo segundo. El 1 de noviembre de 1853 hizo sus votos monacales con profundo conocimiento de sus obligaciones: la obediencia, la abstinencia, y la pobreza. El 23 de julio 1859, fue ordenado Sacerdote en Bkerke, por Monseñor Youssef Al Marid, el Vice-Patriarca Maronita. El Padre Charbel vivió en el Convento de San Marón, Annaya durante dieciséis años, siendo un monje ejemplar, obediente a sus superiores, dedicado a la oración, apostolado y la lectura espiritual. Tiempo después sintió el llamado a la vida ermitaña y el 15 de febrero de 1875 recibió la autorización para ponerla en práctica, permaneció allí por veintitres años donde fue modelo de santo y asceta, pasando su tiempo en el silencio, la oración, la veneración y el trabajo manual en el campo. No solía abandonar la Ermita salvo por orden de su superior. Comía una vez al día y permanecía en silencio. La única perturbación a su oración venía por la cantidad de visitantes que llegaban atraídos por su reputación de santidad. Estos buscaban consejo, la promesa de oración o algún milagro.

Durante la celebración de una Misa el 16 de diciembre 1898, sufrió hemiplejia y estuvo en una crisis que duró ocho días durante los cuales sufrió con tranquilidad los dolores de la agonía. En su lucha, el Padre Charbel no dejaba de repetir la oración que no pudo terminar en la Misa: "Oh Padre de la Virtud, aquí tienes a tu hijo una ofrenda que le complace!..." así como el nombre de Jesús, María, San José, Pedro y Pablo los Santos de la Ermita. Murió el 24 de diciembre 1898, en la víspera de Nochebuena. Fue enterrado en el Cementerio del Convento de San Marón – Annaya. Tras su fallecimiento, surgieron luces espirituales de su tumba, lo que motivó el traslado de su cuerpo que segregaba sudor y sangre a un ataúd especial. Por autorización del patriarcado maronita, fue colocado en una nueva tumba dentro del convento. Por consiguiente, las multitudes de peregrinos empezaron a acudir al sepulcro para beneficiarse de la bendición del santo, y Dios agraciaba a muchos con la sanación y la gracia espiritual.

Los milagros de Charbel sobrepasaron las fronteras del Líbano. El gran número de cartas e informes guardados en los registros del Convento de San Maron, Annaya son un claro indicio de la difusión de su santidad por el mundo entero. Este fenómeno único provocó un retorno a los buenos modales, a la fe y a las virtudes, y el sepulcro de San Charbel se convirtió en un polo de atracción para personas de diferentes edades y diferente rango social, siendo todos ellos iguales ante él en veneración y adoración, sin distinción de credo, confesión o comunidad. Todos son considerados hijos de Dios. El diez por ciento de las sanaciones milagrosas tuvieron lugar con personas no bautizadas. Algunas de dichas sanaciones tuvieron lugar a nivel del cuerpo, pero la más importante es la sanación del alma. Cuantos arrepentidos han vuelto al señor por la intercesión de San Charbel, tras entrar en el portal del Convento de San Marón – Annaya o la Ermita de San Pedro y Pablo.

Durante la clausura del Concilio Vaticano II, el 5 de Diciembre de 1965, el Papa Paulo VI, le beatificó, con las siguientes palabras: "un ermitaño de la montaña libanesa está inscrito en el número de los Bienaventurados… un nuevo miembro de santidad monástica enriquece con su ejemplo y con su intercesión a todo el pueblo cristiano. El puede hacernos entender en un mundo fascinado por el confort y la riqueza, el gran valor de la pobreza, de la penitencia y del ascetismo, para liberar el alma en su ascensión a Dios". El 9 de octubre de 1977 durante el Sínodo Mundial de Obispos, el mismo Papa canonizó al beato Chárbel, declarándolo SANTO para toda la Iglesia. Enamorado de la Eucaristía y de la Santísima Virgen María, San Chárbel modelo y ejemplo de vida consagrada, es llamado El último de los Grandes Ermitaños. Sus milagros son múltiples y todo aquel que se acerca a su poderosa intercesión, no queda defraudado, recibiendo siempre el beneficio de la Gracia y quedando curado de cuerpo y alma. "El justo florecerá, como una palmera, se alzará como un Cedro de Líbano. Plantado en la Casa del señor." Sal. 91(92) 13-14

«De las armas y la mendicidad al lecho del dolor. Fue el recorrido inicial de la vocación del fundador de los camilos. Apóstol de los enfermos, de los que es patrón, así como de los profesionales sanitarios y de los hospitales»

(ZENIT – Madrid).- «Por este Cristo mío, yo caminaría día y noche hasta el infierno; por lo que digan los hombres, no levantaría la mano», afirmó este fundador de los camilos, lleno de pasión, sin despegar sus ojos de un crucifijo. Cuando nació en Bucchianico, Italia, el 25 de mayo de 1550, su madre era de edad avanzada y había perdido a otro hijo anterior. Volcó toda su ternura en él, enseñándole a amar a Dios y al prójimo, hasta que la muerte los separó cuando el muchacho tenía la difícil edad de 13 años. Tuvo tiempo de constatar que, pese a sus delicadas atenciones, Camilo mostraba un carácter harto pendenciero. Estaba seducido en exceso por ciertos vicios, y realizaba alguna que otra fechoría. Escuchaba sus buenos consejos, pero enseguida los olvidaba. Juan, su padre, quiso encaminarle al estudio de las letras, pero fracasó. El joven quería imitarle en la carrera militar, y no pudo impedirlo.

A los 18 años se embarcó junto a su progenitor y a unos primos buscando gloria y dinero. Iban a enrolarse en una guerra contra el Turco, pero como Juan no tenía ni edad ni salud para esa aventura, tuvieron que retornar a casa. Por el camino, éste perdió la vida. Invadido por la miseria y el hambre, sin nadie en el mundo ni sombra de porvenir, con fiebre y el pie herido, Camilo se encontró frente a sí mismo. De vuelta al hogar paterno, vio unos frailes y de su interior brotó el afán de hacerse franciscano. Al llegar a casa de su tío, que era religioso en L’Aquila, le confió su anhelo. Pero al tiempo que mejoraba, el noble pensamiento se esfumó y nuevamente le sobrevino la idea de implicarse en otras luchas. Antes, se fue a Roma al hospital de Incurables para curarse la llaga que se le había formado en el pie, y allí atendió a los enfermos hospitalizados, pero no enderezó su vida. Desafiando a la suerte de forma temeraria, se convirtió en un ludópata y fue expulsado del hospital. Después, emprendió una frenética carrera alistado en el ejército, que le iba sumiendo en un pozo sin fondo.

Durante cuatro años sus señas de identidad fueron toda clase de pasiones en las que predominaba el vicio del juego, hasta que lo perdió todo y se vio en la disyuntiva de convertirse en un ladrón o en un mendigo. Optó por esto último, y un señor que algo vio en este pordiosero, le propuso trabajar como peón de albañil para los frailes capuchinos. Acarreó borricos venciendo la humillación que eso suponía para alguien que había empuñado las armas. La ayuda que le prestaron los religiosos fue despertando en él elevados sentimientos que reverdecían con el recuerdo de los consejos maternos. Hallándose en peligro de muerte en alta mar, de nuevo había hecho voto de abrazar el carisma franciscano. En ese momento no olvidaba que un fraile le dijo: «Dios lo es todo, lo demás es nada». El padre Angelo lo había acogido en San Giovanni Rotondo hablándole de un amor incomparable: el divino. El 2 de febrero de 1575, yendo en un asno por el Valle del Infierno, camino de Manfredonia, sumido en estos pensamientos, se convirtió. Pidió perdón a Dios con toda su alma, volvió al convento y vistió el hábito capuchino.

A los pocos meses, como la llaga de su pie seguía abierta, los religiosos le sugirieron que la curase; era una condición para poder seguir en la Orden. Se trasladó a Roma al mismo hospital del que fue despedido tiempo atrás, y como no tenía medios para costear su tratamiento se prestó para servir a los enfermos. Durante cuatro años les prodigó ejemplares cuidados. Al cerrarse la llaga, regresó al convento, pese a que su confesor, san Felipe Neri, había querido disuadirlo. Estando allí, otra vez se abrió la herida y partió a Roma dirigiéndose al hospital de Incurables. Fue elegido gerente del mismo. Observaba con pesar que los enfermos no recibían la atención debida, y el 14 de agosto de 1582 pensó en «hombres piadosos y generosos, que no quieran saber nada de salarios o compensaciones de ningún tipo, sino guiados y movidos únicamente por el amor a Dios, y a estos pobres… que los cuiden con el amor que tiene una madre para con su hijo único enfermo…». En ello influyó también haber visto en el muelle a un enfermo desasistido.

Cursó estudios y fue ordenado sacerdote en 1584. Seguía adelante con la idea de contar con lo preciso para asistir a los enfermos convenientemente. Hacía todo lo que estaba a su alcance, llenándoles de ternura. Sencillo, y claro en su compromiso, cuando uno agradeció sus desvelos, advirtió: «Nada de ceremonias, hijo mío, tú eres mi dueño, eres otro Cristo, y yo soy tu esclavo». Algunos de sus cercanos colaboradores seguían sus pasos en esta delicada atención, compartían oraciones, meditación y lectura de textos espirituales. Con ellos puso los cimientos de su fundación ese mismo año, haciendo frente a discordias, rivalidades y envidias. Los problemas, incluidos los eclesiales, arreciaron cuando determinó dejar el centro junto a sus hombres. Hasta san Felipe Neri desaconsejó la nueva fundación. Siguió adelante y su obra fue aprobada por Sixto V en 1586.

Durante 36 años vivió con la llaga del pie abierta considerándola «gracia y misericordia de Dios» y «caricia divina». Nadie podía sospechar que también portaba esa cruz. Atendió a los enfermos heroicamente en medio de muchos contratiempos y epidemias de tifus y peste, en Nápoles, Roma, Milán… También se ocupó de los presos y de los moribundos. En 1613 las muchas fatigas y las enfermedades, que nunca le abandonaron, doblegaron su cuerpo, que no su espíritu. Culminando su vida, visitó a sus enfermos en el hospital con estas conmovedoras palabras: «Hermanos, me sentiría dichoso de morir aquí entre vosotros… me voy con el cuerpo, pero os dejo mi corazón…». Siempre antepuso su cuidado a cualquier otro deber aunque fuese con personas ilustres que acudían a él. Si en ese momento se hallaba atendiendo a alguno de ellos, rogaba: «Decidle que tenga paciencia; estoy ocupado con nuestro Señor Jesucristo». Murió el 14 de julio de 1614. Benedicto XIV lo canonizó el 29 de junio de 1746.

 Santos Agustín Zhao Rong, Presbítero, y Compañeros, Mártires

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Elogio: Santos Agustín Zhao Rong, presbítero, Pedro Sans i Jordá, obispo, y compañeros, mártires, que en diversos lugares de China, y en distintos tiempos, fueron valerosos testigos del Evangelio de Cristo con sus palabras y sus obras, y caídos víctimas de persecución por haber predicado y confesado la fe, merecieron pasar al banquete eterno de la gloria.

No es raro en la historia de la santidad cristiana que el ejemplo de los mártires no sólo sea semilla de nuevas conversiones una vez muertos, sino que comience a serlo ya en los sufrimientos y en la cárcel. Un caso de esto lo tenemos en Agustín Zhao Rong: había nacido en 1746 en Wuchuan, provincia de Guizhou, y en la persecución de 1772 era guardia carcelero, encargado de la custodia de los futuros mártires; entre ellos había un misionero que alentaba a los cautivos a mantenerse firmes en la fe. Y así, con el ejemplo de paciencia y perseverancia, unidos a la catequesis que le llegaba sin proponérselo, llegó a convertirse. Pidió el bautismo, y no sólo eso, sino que se preparó al sacerdocio: el bautismo lo recibió en 1776, mientras que la ordenación le llegó en 1781.
Trabajó activamente en las misiones por muchos años, hasta que él mismo fue víctima de la persecución. En 1815 fue apresado, torturado y recluido en la cárcel, donde murió en un día de primavera no precisado de ese mismo año. La Iglesia inscribe en el Martirologio su paso al cielo el 22 de marzo, y el 9 de julio celebra la memoria litúrgica junto con otros mártires de la misma persecución.

(De la homilía de SS. Juan Pablo II en la misa de canonización de los 120 mártires chinos, en octubre del 2000):

Conságralos en la verdad; tu palabra es la verdad». Esta invocación, que reproduce la voz de la oración sacerdotal de Cristo elevada al Padre en la Última Cena, parece subir de la muchedumbre de santos y bienaventurados que el Espíritu Santo suscita en su Iglesia a lo largo de los siglos. Dos mil años después del comienzo de la obra de la redención, hacemos nuestra esa invocación, con los ojos fijos en el ejemplo de santidad de Agustín Zhao Rong y sus ciento diecinueve compañeros mártires en China. Dios Padre los consagró en su amor, escuchando la oración de su Hijo que le adquirió un pueblo santo al extender sus brazos en la cruz para destruir la muerte y manifestar la resurrección.

La Iglesia da gracias al Señor porque la bendice y derrama en ella la luz con el resplandor de la santidad de estos hijos e hijas de China. La jovencita Ana Wang, de catorce años, resistió las amenazas del verdugo que la invitaba a apartarse de la fe de Cristo, diciendo mientras se preparaba con ánimo sereno a ser decapitada: «La puerta de los cielos ha sido abierta a todos», y con susurros invocó tres veces a Jesús; Xi Guizi, un joven de dieciocho años, dijo impávido a quienes le acababan de cortar el brazo derecho y se esforzaban por arrancarle la piel cuando todavía estaba vivo: «Cada trozo de mi carne, cada gota de mi sangre traerá a vuestra memoria que soy cristiano».

Con la misma fortaleza y alegría, otros ochenta y cinco chinos dieron testimonio, hombres y mujeres de toda edad y condición, sacerdotes, religiosas y laicos que, con la entrega de la vida, confirmaron su indefectible fidelidad a Cristo y a la Iglesia. Esto sucedió en diversas épocas y tiempos difíciles y angustiosos de la historia de la Iglesia en China.

En esta multitud de mártires resplandecen también treinta y tres misioneros y misioneras que, dejando su patria, intentaron insertarse en las costumbres y mentalidad chinas, adoptando con gran amor las particularidades de aquellas tierras, seducidos por el deseo de anunciar a Cristo y de servir a ese pueblo. Sus sepulcros todavía se conservan allí para mostrar que pertenecen a aquella patria a la que, a pesar de la flaqueza humana, amaron con sincero corazón, consagrando a ella todas sus energías. «A nadie hemos perjudicado sino que hemos servido a muchos», dijo el obispo Francisco Fogolla al gobernador que se disponía a matarlo con su propia espada. Cada uno de lo mártires tiene, naturalmente, su propia entrada en el Martirologio, en su fecha de martirio.

Fuente: testigo fiel

 San Cristóbal, patrono de los transportistas

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REDACCIÓN CENTRAL, 10 Jul. 17 / 12:01 am (ACI).- San Cristóbal de Licia es un mártir importante en la historia del cristianismo de Oriente y Occidente que vivió durante el gobierno de Decio, tercer emperador romano, cerca del año 250 DC.

Su famosa leyenda, que es conocida sobre todo en Occidente y podría haberse extraído de la antigua mitología griega, cuenta que él portó a un chico, al que no conocía, a través de un río antes de que el niño le revelase que era Cristo.

Su nombre en griego fue “Christophoros” y significa “el portador de Cristo”. Desde el siglo IV fue representado con el niño Jesús sobre sus hombros y llevando un bastón con hojas.

Era creencia común que bastaba mirar su imagen para que el viajero se viese libre de todo peligro durante aquel día. Por ello es considerado patrón de peregrinos, viajeros, motoristas y transportistas en general.

Según la tradición fue un hombre de gran estatura y se desempeñó como soldado del Imperio Romano; también se dice que tenía un alma caritativa y trataba de ayudar a los cristianos cautivos.

Cristóbal fue bautizado en Antioquía y se dirigió sin demora a predicar a Licia y a Samos. Allí fue encarcelado por el rey Dagón, que estaba a las órdenes del emperador Decio, y tras resistirse abdicar de su fe con varios intentos de tortura, se ordenó degollarlo. Según Gualterio de Espira, la nación Siria y el mismo Dagón se convirtieron a Cristo gracias este santo.

San Cristóbal es un Santo muy popular, y poetas modernos como García Lorca y Antonio Machado, lo han cantado con inspiradas estrofas. Su estatua, siempre colosal y gigantesca, decora muchísimas catedrales, como la de Toledo.

Santa María Goretti

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REDACCIÓN CENTRAL, 06 Jul. 17 / 12:02 am (ACI).- El 6 de julio es la fiesta de Santa María Goretti, la niña de once años que fue asesinada de 14 puñaladas por resistirse a una violación y que antes de morir perdonó a su asesino; el Papa Pío XII la definió como “pequeña y dulce mártir de la pureza”.

María nació en 1890, en Corinaldo, provincia de Ancona, Italia. Fue hija de Luigi Goretti y Assunta Carlini, siendo la tercera de siete hijos. Al día siguiente de su nacimiento fue bautizada y consagrada a la Virgen.

Su familia era pobre de bienes terrenales, pero rica en fe y virtudes que se cultivaban con la oración en común, el rezo diario del Santo Rosario, la comunión y Misa dominical.

Cuando sólo tenía 11 años, fue apuñalada por Alessandro Serenelli al resistirse a ser violada. Fue llevada al hospital y antes de morir alcanzó a recibir la comunión y la Unción de los enfermos. Partió a la casa del Padre el 6 de julio de 1902.

Cuando Alessandro salió de la cárcel, fue a buscar a la madre de María, quien lo perdonó.

San Juan Pablo II en el 2003 resaltó que “Marietta, como era llamada familiarmente, recuerda a la juventud del tercer milenio que la auténtica felicidad exige valentía y espíritu de sacrificio, rechazo de todo compromiso con el mal y disponibilidad para pagar con el propio sacrificio, incluso con la muerte, la fidelidad a Dios y a sus mandamientos”.

“Hoy se exalta con frecuencia el placer, el egoísmo, o incluso la inmoralidad, en nombre de falsos ideales de libertad y felicidad. Es necesario reafirmar con claridad que la pureza del corazón y del cuerpo debe ser defendida, pues la castidad "custodia" el amor auténtico”, añadió.

(De la Homilia pronunciada por SS Pío XII en la canonización de Santa María Goretti)
De todo el mundo es conocida la lucha con que tuvo que enfrentarse, indefensa, esta virgen; una turbia y ciega tempestad se alzó de pronto contra ella, pretendiendo manchar y violar su angélico candor. En aquellos momentos de peligro y de crisis, podía repetir al divino Redentor aquellas palabras del áureo librito De la imitación de Cristo: "Si me veo tentada y zarandeada por muchas tribulaciones, nada temo, con tal de que tu gracia esté conmigo. Ella es mi fortaleza ; ella me aconseja y me ayuda. Ella es más fuerte que todos mis enemigos." Así, fortalecida por la gracia del cielo, a la que respondió con una voluntad fuerte y generosa, entregó su vida sin perder la gloria de la virginidad.

En la vida de esta humilde doncella, tal cual la hemos resumido en breves trazos, podemos contemplar un espectáculo no sólo digno del cielo, sino digno también de que lo miren, llenos de admiración y veneración, los hombres de nuestro tiempo. Aprendan los padres y madres de familia cuán importante es el que eduquen a los hijos que Dios les ha dado en la rectitud, la santidad y la fortaleza, en la obediencia a los preceptos de la religión católica, para que, cuando su virtud se halle en peligro, salgan de él victoriosos, íntegros y puros, con la ayuda de la gracia divina.

Aprenda la alegre niñez, aprenda la animosa juventud a no abandonarse lamentablemente a los placeres efímeros y vanos, a no ceder ante la seducción del vicio, sino, por el contrario, a luchar con firmeza, por muy arduo y difícil que sea el camino que lleva a la perfección cristiana, perfección a la que todos podemos llegar tarde o temprano con nuestra fuerza de voluntad, ayudada por la gracia de Dios, esforzándonos, trabajando y orando.

No todos estamos llamados a sufrir el martirio, pero sí estamos todos llamados a la consecución (acción y efecto de conseguir) de la virtud cristiana. Pero esta virtud requiere una fortaleza que, aunque no llegue a igualar el grado cumbre de esta angelical doncella, exige, no obstante, un largo, diligentísimo e ininterrumpido esfuerzo, que no terminará sino con nuestra vida. Por esto, semejante esfuerzo puede equipararse a un lento y continuado martirio, al que nos amonestan aquellas palabras de Jesucristo: El reino de los cielos se abre paso a viva fuerza, y los que pugnan por entrar lo arrebatan.

Animémonos todos a esta lucha cotidiana, apoyados en la gracia del cielo; sírvanos de estímulo la santa virgen y mártir María Goretti; que ella, desde el trono celestial, donde goza de la felicidad eterna, nos alcance del Redentor divino, con sus oraciones, que todos, cada cual según sus peculiares condiciones, sigamos sus huellas ilustres con generosidad, con sincera voluntad y con auténtico esfuerzo.

 Beata Nazaria Ignacia March Mesa

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«Cruzada de amor por la Iglesia. Esta madrileña que había sido Hermanita de los Pobres, se sintió llamada después a la vida misionera. Fundó en Bolivia y extendió su obra por Argentina y Uruguay, entre otros países latinoamericanos»

(ZENIT – Madrid).- Junto a María Goretti y a otros santos y beatos, la Iglesia incluye hoy en el santoral a esta española que tuvo la gracia de percibir la llamada de Cristo siendo niña y de acogerla cumpliendo su palabra con absoluta fidelidad en el seguimiento hasta el final de sus días.

Vino al mundo en Madrid, junto a su hermana melliza, el 10 de enero de 1889. Fueron dieciocho vástagos los que nacieron en su cristiano hogar, de los cuales sobrevivieron diez. El momento crucial destacado por sus biógrafos, por arrancar de él su vocación, se produjo a sus 9 años, el día que recibió por vez primera el Cuerpo de Cristo. Las divinas palabras, escuetas, claras, directas, fueron: «Tú, Nazaria, sígueme». Al igual que hicieron los primeros discípulos cuando fueron seleccionados del mismo modo, no titubeó. Aseguró: «Te seguiré, Jesús, lo más cerca que pueda una humana criatura». Estaba en las antípodas del joven rico que dio la espalda a Cristo y de otros que antepusieron a Él diversas ocupaciones. El primer paso que dio la beata fue consagrarle íntimamente su virginidad. Su padre tenía ante sí la ardua tarea de sacar adelante a su numerosa prole y se afincó en Sevilla; desde allí realizó varios viajes a América. Antes de partir con la familia, sobre Nazaria recayeron dos vaticinios. Uno de ellos provino de santa Ángela de la Cruz; le dijo: «Tú irás a América, y volverás con compañeras». El otro fue del jesuita P. Tarín, quien precisó certero: «Hija mía, Dios te ama mucho. Ánimo y adelante. Dentro de unos tres años, Dios te empezará a colmar tus deseos, después te los colmará todos, todos». Era el Jueves Santo de 1906, y ella sustituía a una pobre que debía haber participado en la liturgia del lavatorio de los pies, en el domicilio de la condesa de Casa Galindo.

Tenía 18 años cuando los suyos se embarcaron rumbo a México. En el trayecto hubo una escala en Cuba, y allí observó el talante de dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados que habían realizado el viaje sin hacerse notar, eligiendo los asientos menos valorados, y cuyo rostro dejaba traslucir su gran humildad. Ese desarraigo de las cosas del mundo conmovió a Nazaria, que hacía años se sentía llamada a la vida misionera, y decidió unirse a ellas. Realizó el noviciado en España y al conocer que necesitaban voluntarias para América, se ofreció de inmediato movida por su afán apostólico. Su primer destino fue Oruro, Bolivia, y su misión: pedir limosna para los ancianos. No era agradable, menos aún cuando alguna vez recibía por ello un trato grosero. Pero se esforzaba con agrado, poniendo sobre el tapete su arrolladora simpatía, pensando en Cristo y en las personas de avanzada edad que no tenían a nadie más que a ellas. Las calles de la ciudad, recorridas de forma incansable, iban desnudándose ante sus ojos; veía, más allá de recodos y muros, el vacío, la soledad y carencias elementales que formaban parte de la vida de tantos desheredados. Formó parte de la comunidad de Hermanitas doce años.

Tras la lectura de la vida de Catalina de Siena, que le sugirió el nuncio del papa en Bolivia, se sintió llamada a formar una Cruzada al servicio del pontífice. Coincidió que la víspera de Pentecostés de 1920 visitó el Beaterio de Nazarenas de Oruro, que se hallaba en delicada situación, y en el que tenía puesta su mirada el obispo, y sintió esta locución: «Tú serás fundadora y esta casa tu primer convento». Ese mismo año realizó los ejercicios de san Ignacio de Loyola, y comprendió claramente que la vía que debía seguir era instituir una congregación integrada «bajo el estandarte de la cruz» que estuviera «en torno a la Iglesia» en una «cruzada de amor». En enero de 1925 emitió voto de obediencia al papa y abrió su corazón a Mons. Antezana. Ambos convinieron en pedir una prueba a Dios para saber si debía fundar: poder entrevistarse con el nuncio el 12 de febrero de ese año. En marzo Mons. Cortesi dio su visto bueno: «Ha llegado la hora y usted deberá ponerse al frente de este nuevo Instituto». El beaterío fue el lugar donde quedó instaurada su obra, tal como se le anunció. Ella añadió a su voto de obediencia, el de trabajar por la unión y extensión de la Iglesia. En febrero de 1927 profesaron las primeras religiosas. En 1930 fue unánimemente elegida superiora general. Asentó en el corazón de todas este afán: «En amar, obedecer y cooperar con la Iglesia en su obra de predicar el Evangelio a toda criatura, está nuestra vida, el ser lo que somos». «Este es nuestro espíritu: guerrero, fiel, nada de cobardías, todos amores, amor sobre todo a Cristo y en Cristo a todos. Repartirse entre los pobres, animar a los tristes, dar la mano a los caídos; enseñar a los hijos del pueblo, partir su pan con ellos, en fin, dar toda su vida, su ser entero por Cristo, la Iglesia y las almas.»

Viajó a Roma y mantuvo dos emotivas audiencias con Pío XI. En la segunda el pontífice la vio tan firme en su anhelo de trabajar por la sede de Pedro representada en él, que puntualizó: «Sí, y por Pedro a Cristo». Al añadir que estaban dispuestas a morir por la Iglesia, nuevamente el papa matizó: «¿Morir, hija mía? Morir, no. Vivir, vivir y trabajar mucho por la Iglesia». La fundación fue aprobada en 1935. Ella la extendió por Bolivia, Argentina –a demanda del nuncio apostólico en el país, Mons. Cortesi–, Uruguay y también por España, donde se hallaba en 1936. Inmersa en la guerra civil, la comunidad entera fue apresada; su destino: morir bajo los fusiles a manos de los milicianos, como tantos otros. Acogieron el hecho con tal gozo que los dejaron estupefactos. No podían entender que para ellas, que habían recibido la Eucaristía previamente, entrar en la vida eterna era el más preciado galardón. Pero las leyes consulares uruguayas y bolivianas, regidas por el derecho internacional, impidieron su ajusticiamiento. El 6 de julio de 1943 Nazaria entregaba su alma a Dios en Buenos Aires. Juan Pablo II la beatificó el 27 de septiembre de 1992. Sus restos se veneran en Oruro.

San Ireneo, Obispo de Lyon y Padre de la Iglesia

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REDACCIÓN CENTRAL, 28 Jun. 17 / 12:01 am (ACI).- San Ireneo fue Obispo de la ciudad francesa de Lyon, Padre de la Iglesia y recordado por haber escrito muchas obras que forjaron los cimientos de la teología cristiana y que confrontaron los errores y herejías provenientes del gnosticismo del siglo II.

Ireneo fue discípulo de San Policarpo, obispo de aquella ciudad, quien a su vez fue discípulo del Apóstol San Juan.

Su obra principal es llamada “Contra las Herejías” un escrito que consta de 5 volúmenes que refutan las enseñanzas de varios grupos gnósticos de los primeros siglos de la era cristiana.

El gnosticismo es una herejía muy antigua que plantea que la salvación del alma solamente se consigue con un conocimiento cuasi intuitivo de los misterios del universo y en unas fórmulas mágicas que ese conocimiento indica, lo que hoy comprendería parte del New Age.

San Ireneo nació en Asia Menor en la primera mitad del siglo II; su fecha de nacimiento es desconocido pero se dice que podría ser por el año 125.

Recibió una buena educación pues tenía profundos conocimientos de las Sagradas Escrituras, la literatura y la filosofía. Además, en varias ocasiones vio y escuchó al Obispo San Policarpo en Esmirna.

Durante la persecución de Marco Aurelio, Ireneo fue sacerdote de la Iglesia de Lyon. Tiempo más tarde sucedió al mártir San Potino como Obispo de la misma ciudad.

Durante la paz religiosa que siguió a la persecución de Marco Aurelio, el nuevo obispo dividió sus actividades entre los deberes de un pastor, misionero, y sus escritos, los cuales casi todos iban dirigidos contra el gnosticismo, la herejía que se propagaba entre los galias y otros lugares.

Se desconoce el año de su muerte. De acuerdo con una tradición posterior, se afirma que fue martirizado. Su fiesta se celebra el 28 de junio.

 Beata María Pía Mastena

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«El Rostro de Cristo: sublime peana para ejercer la caridad. Fundadora del Instituto de la Santa Faz, con el que se propuso propagar, reparar y restaurar la imagen amable de Jesús en las almas. Es impulsora de la Pía obra de socorro»

(ZENIT – Madrid).- No es la primera vez que un integrante de la vida santa descubre el auténtico sendero de su vocación después de haber recorrido otros. María Teresa Mastena vivió esta experiencia. Nació en Bovolone, Verona, Italia, el 7 de diciembre de 1881. Fue la primogénita de siete hermanos. Su padre Giulio, que regentaba una tienda de comestibles, y su madre María Antonia, que ejercía como maestra infantil en una escuela, les dieron una formación en la fe tan sólida que recibieron la gracia de ver cómo se consagraban dos de ellos porque Emilio Tarsicio, el penúltimo, fue capuchino. Además, otra de las hermanas, Magdalena, fue terciaria capuchina. Antes de cumplir 10 años en nota escrita prometió a Dios su virginidad, lógica salida para una niña que recordaba sentirse inmersa en Él hacia los 3 años.

La primera comunión en 1801 fue un instante lleno de resonancias místicas. A los 14 mostró su deseo de ingresar en el convento, pero la edad le obligó a demorar su ingreso, hasta que en 1901 las Hermanas de la Misericordia la acogieron en la comunidad. Se caracterizó por su piedad; ya guardaba dentro de su corazón una intensa devoción por el rostro de Cristo, cuya imagen plasmada en una antigua pintura se había acostumbrado a venerar en su casa paterna.

Percibía en su interior la llamada a una progresiva conversión, y el 11 de abril de 1903, fecha en la que Gemma Galgani entraba en la gloria, Teresa se unía místicamente sin saberlo a quienes, como esta pasionista, habían entregado su vida a Dios ofreciéndose en holocausto. Gemma murió custodiando su integridad, en aras de la pureza. Teresa, autorizada por sus superiores, quiso pronunciar ese día el voto privado de hacerse víctima. Profesó a finales de octubre de ese año tomando el nombre de Passitea del Niño Jesús. En 1905 finalizó los estudios de magisterio y en 1907 fue habilitada para impartir clases elementales. Estaba capacitada para asistir a niños enfermos, que fueron objeto de su enseñanza, fundamentalmente. Ejerció la docencia en Miane, mientras asumía la misión de superiora.

Su sed de progresar en el amor iba in crescendo, y en 1915 obtuvo el permiso del prelado monseñor Caroli para añadir nuevo voto a su vida: el de perseguir en todo lo más perfecto. En Miane hubo personas generosas que con sus aportaciones le permitieron abrir un centro-asilo para niños, un orfanato, una escuela y un club social. Hasta ese momento no había manifestado abiertamente lo que bullía en su interior. Estaba agradecida por todo lo que había aprendido junto a las Hermanas, pero no terminaba de encajar en ese carisma. Por eso, en 1927 ingresó con las religiosas cistercienses de San Giacomo di Veglia. Fue en este lugar donde al profesar tomó el nombre de María Pía. Pero lejos de la necesaria estabilidad humana y espiritual que perseguía, no tardó en darse cuenta de que la clausura tampoco era para ella. Y, de acuerdo con el prelado de Vittorio Veneto, monseñor Eugenio Beccegato, a finales de ese mismo año retornó a las aulas. Su decisión no fue comprendida; algunos de los que le prestaron apoyo, se pusieron en contra; fue objeto de críticas y represalias.

Impartió clases en Miane, Carpesica y San Fior. Su creatividad apostólica no estaba agotada: abrió un asilo, un comedor para niños sin recursos, y un taller. Sin olvidarse ni un segundo del voto de buscar siempre lo más perfecto tenía presente poner «toda la atención en ejercitar la santa indiferencia en todas las cosas» dando vía única a dos expresiones «el Fiat y el Deo gratias» tanto en las situaciones adversas, las que revistieran gravedad, como en los instantes felices.

Generalmente las obras destinadas a dar gloria a Dios no surgen sin más. En su origen hay todo un ejercicio de entrega de quien las impulsa: aflicción por las necesidades de los demás, que se anteponen a las particulares, un torrente de pasión incontenible que tiembla ante el despilfarro de la gracia divina, y un punzante anhelo de dejarse la vida literalmente, si es preciso, sembrando la semilla del evangelio por cualquier recodo. Si se ha contemplado el rostro de Dios en el otro, queda desterrado el legítimo descanso. Falta tiempo para atender al prójimo, para desgastarse en aras de ese amor incomparable que corre por las venas. Un apóstol no quiere ni pensar que tan solo uno de sus hermanos se pierda. Teresa había experimentado el sentimiento evangélico de ver en ellos al mismo Cristo. Por eso, mientras enseñaba dio los pasos oportunos para instituir una nueva fundación, materializada en 1930 en San Fior, y que implícitamente acogía estas vivencias de las que daba cuenta con su heroico quehacer.

Benedicto XVI, en la ceremonia de beatificación el 13 de noviembre de 2005, sintetizó sus elevados afanes con estas palabras: «…conquistada por el Rostro de Cristo, asimilo los sentimientos de dulce premura del Hijo de Dios hacia la humanidad desfigurada por el pecado, y lo concretó en gestos de compasión y después proyecto un Instituto con la finalidad de propagar, reparar, devolver la imagen del dulce Jesús en las almas». Su íntimo deseo era: «cada acto que realice con mis manos sea un trabajo continuo en torno al Corazón dulcísimo de mi Jesús…». Este Instituto de la Santa Faz tendría la finalidad de «… propagar, reparar y restaurar la imagen amable de Jesús en las almas».

En 1933 la beata instituyó la «Pía obra de socorro», y en 1936 abandonó la docencia. Entre tanto seguía con los trámites para el reconocimiento de su institución que llegó en 1947 después de haber sido recibida en audiencia por Pío XII en varias ocasiones. Al año siguiente se celebró el primer capítulo en el que salió elegida superiora general de forma unánime. Pero no pudo permanecer mucho tiempo en este oficio. Padecía diabetes, angina de pecho e hipertensión. En abril de 1951 sufrió un infarto; fue un aviso. El 28 de junio de ese año en Roma una nueva parada cardiaca terminó con su vida. Desde ese momento contemplaría, cara a cara y para siempre, el rostro de Dios.

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