Santo

Nuestra Señora de los Dolores

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Por dos veces durante el año, la Iglesia conmemora los dolores de la Santísima Virgen que es el de la Semana de la Pasión y también hoy, 15 de setiembre.

La primera de estas conmemoraciones es la más antigua, puesto que se instituyó en Colonia y en otras partes de Europa en el siglo XV y cuando la festividad se extendió por toda la Iglesia, en 1727, con el nombre de los Siete Dolores, se mantuvo la referencia original de la Misa y del oficio de la Crucifixión del Señor.

En la Edad Media había una devoción popular por los cinco gozos de la Virgen Madre, y por la misma época se complementó esa devoción con otra fiesta en honor a sus cinco dolores durante la Pasión. Más adelante, las penas de la Virgen María aumentaron a siete, y no sólo comprendieron su marcha hacia el Calvario, sino su vida entera. A los frailes servitas, que desde su fundación tuvieron particular devoción por los sufrimientos de María, se les autorizó para que celebraran una festividad en memoria de los Siete Dolores, el tercer domingo de setiembre de todos los años.

Esta devoción viene desde muy antiguo y fue en 1814 que el Papa Pío VII estableció esta celebración para el 15 de septiembre.

En una ocasión la Virgen María le comunicó a Santa Brígida de Suecia (1303-1373) lo siguiente: “miro a todos los que viven en el mundo para ver si hay quien se compadezca de Mí y medite mi dolor, mas hallo poquísimos que piensen en mi tribulación y padecimientos”.

“Por eso tú, hija mía, no te olvides de Mí que soy olvidada y menospreciada por muchos. Mira mi dolor e imítame en lo que pudieres. Considera mis angustias y mis lágrimas y duélete de que sean tan pocos los amigos de Dios”.

La Madre de Dios prometió que concedería siete gracias a aquellas almas que la honren y acompañen diariamente, rezando siete Ave Marías mientras meditan en sus lágrimas y dolores.

Asimismo, según San Alfonso María de Ligorio (1696-1787), Jesucristo reveló a Santa Isabel de Hungría que Él concedería cuatro gracias a los devotos de los dolores de su Santísima Madre.

 Beato Pablo Manna

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«Presbítero y fundador de la Pontificia Unión Misional. Ardiente promotor de las misiones, defensor de la inculturación. Considerado por Juan XXIII el Cristóbal Colón de la cooperación misionera»

(ZENIT – Madrid).- En esta festividad de la Virgen de los Dolores se celebra, entre otros santos y beatos, la vida de Pablo Manna, aclamado por distintos pontífices. Juan XXIII lo denominó «el Cristóbal Colón de la cooperación misionera». Pablo VI en su carta Graves et increscentes de 1966 consideró que debía ser inscrito «con letras de oro en los anales de las misiones» recordando que fue «uno de los más eficaces promotores de la universalidad misionera en el siglo XX». Y Juan Pablo II, que lo beatificó en 2001, ya en 1990 había reparado en su grandeza, diciendo que «puso en evidencia, de una manera única, la esencial dimensión misionera de la Iglesia universal». Y es que su lema fue: «Todas las Iglesias para la conversión de todo el mundo».

Nació en Avellino, Italia, el 16 de enero de 1872 en el seno de una familia acomodada. Era el quinto de los hijos del matrimonio Ruggeri. A los dos años de nacer, murió la madre y quedó al cargo de unos tíos residentes en Nápoles. En 1882 regresó a Avellino donde su padre convivía con su segunda esposa. Durante unos años en el estío solía residir en la casa de unos tíos sacerdotes que influyeron en su vida. Y muy claro tuvo su porvenir, porque en 1887 ingresó en la congregación de los Salvatorianos. En Roma estudió filosofía y teología, pero intuía que debía elegir otro camino. Tras la lectura de unas revistas publicadas por el Instituto de Misiones Extranjeras de Milán (actual PIME), que daban cuenta de sus actividades, sopesó su vocación. Y sin tardanza alguna, en 1891 dejó a los Salvatorianos y se inscribió en él. Tenía 19 años y la idea clara de ser misionero.

Se ordenó sacerdote en mayo de 1894 en el Duomo de Milán, y al año siguiente fue trasladado a Birmania. Partidario acérrimo de la inculturación hizo notar: «Me dirigiré a mis ovejas en su propia lengua, respetaré sus tradiciones, integraré sus locuciones y sus maneras de pensar en mi trabajo de evangelización». Así lo hizo durante ocho años compartidos con los indígenas de Ghekku al frente de la misión de Mombló fundada por él, hasta que su débil salud atacada por la tuberculosis le obligó a regresar. Ello no le impidió publicar un artículo de temática antropológica basado en su convivencia con la tribu birmana. Ese mismo año de 1902 volvió a la misión, pero de nuevo tuvo que partir a Italia por motivos de enfermedad. Aún hubo un tercer y definitivo intento con ida y vuelta. Su organismo se reveló ante las severas condiciones de vida que repercutían en su frágil constitución, y en 1907 retornó a Italia definitivamente.

¿Qué podía hacer? Al llegar a la misión por vez primera, al ver las carencias que le rodeaban había reiterado su ofrenda, sin ocultar su gozo: «estoy contento, es mi cruz y sin la cruz no se va al paraíso». Pero no pudo cumplir su sueño. En 1908 rogó a la Virgen de Lourdes que hiciera de él un hombre santo; es todo lo que anhelaba. Aún así, envuelto en cierta penumbra, confesaba: «Veo muy oscuro el futuro. Veo destruidas tantas esperanzas y planes de obras buenas, me veo a los 35 años envuelto en dificultades diversas…». Era el paso de la incertidumbre que frecuentemente asola el alma humana, aunque luego la voluntad divina ilumine lo más recóndito del apóstol. Abierto a ella, a los pocos meses el beato comenzó a vislumbrar otro horizonte.

Era un buen escritor y en 1909, poco antes de publicar su primer libro, le confiaron la redacción de la revista Le Missioni Cattoliche. Su pluma, de la que se dijo era su apóstol, se convirtió en un fecundo instrumento de grandes dimensiones apostólicas, ya que desde ella impulsaba las vocaciones misioneras. Una de sus primeras acciones en 1914 fue crear el periódico Propaganda Missionaria, editando cientos de miles de ejemplares. En 1916 consolidó esta acción con la fundación de la Unión Misionera del Clero, ayudado por el beato y fundador de los javerianos, Guido María Conforti, que fue reconocida como Obra Pontificia, y hoy es la Pontificia Unión Misional (PUM). La creó tras constatar la escasísima atención que ciertos obispos y presbíteros prestaban a la evangelización misionera: «Muchos sacerdotes se ocupan demasiado de sus propios problemas pastorales y no lo suficiente de las misiones». Tenía claro que «la clave del problema misionero está en las manos del sacerdote». Es más, con toda contundencia, sabiendo bien lo que decía, este hombre de Dios a quien guiaba un visible celo apostólico y que se alimentaba con la oración, manifestó: «¡No nos sirven sacerdotes mediocres!».

En 1919 puso en marcha la revista Italia Missionaria con el fin de suscitar vocaciones entre los jóvenes, la Rivista di studi missionari y un catecismo misionero. Su sed por las misiones era inagotable. En 1924 fue designado superior general del PIME que se fusionó con el Instituto Misionero de Roma y de Milán. Desempeñó ese oficio durante diez años. En esa época abrió y dirigió el Seminario Meridional para las Misiones Extranjeras en Ducenta, y dio los pasos para la fundación de la rama femenina de su Instituto: las Misioneras de la Inmaculada, que impulsó definitivamente al cesar en su alto cargo de gobierno, a petición propia. En 1927 emprendió un viaje apostólico para visitar diversas misiones de Asía, América y otros lugares. En el transcurso del mismo surgió su obra «Observaciones sobre el método moderno de evangelización en Asia». Mientras, seguía escribiendo incansablemente, fundando nuevas revistas y alentando a todos a amar las misiones. En 1943 fue designado superior regional del PIME. Terminó sus fecundos días dirigiendo y fomentando la Unión Misionera, que fue extendiéndose paulatinamente. Con sus escritos y cartas dirigidas a distintos cardenales y prelados logró que en la Iglesia se estimulasen las obras misioneras. Murió en Nápoles el 15 de septiembre de 1952. Juan Pablo II lo beatificó el 4 de noviembre de 2001.

Patrona de los sirvientes y campesinos

Martirologio Romano: En la localidad de Eben, en el Tirol, santa Notburga, virgen, cuya dedicación a las labores domésticas y al servicio de Cristo en los pobres fue ejemplo de santidad para sus compatriotas (1313).

Fecha de canonización: Su culto fue confirmado por el Papa Pío IX el 22 de marzo de 1862.

Nació en 1265 en Rattenberg, y murió el 16 de septiembre del año de 1313. Ella fue una cocinera en la familia del Conde Henry de Rothenburg, y acostumbraba dar comida a los pobres. Pero Ottilia, su ama, le ordenó que alimentara a los cerdos con cualquier remanente de alimento que quedara. La santa por lo tanto, llegó a resguardar algo de su propio alimento, especialmente los días viernes, para darlo a los pobres.

Un día, de conformidad con la leyenda, su amo la encontró y le ordenó que le mostrara lo que ella estaba llevando. Ella obedeció, pero en lugar del alimento lo que él vio fueron tajadas, y el vino se había convertido en vinagre. A partir de esto, Ottilia la despidió, pero la ama cayó enferma, casi inmediatamente de esto. Debido a ello, Norburga permaneció como enfermera, a su lado, preparándola para la muerte.

Notburga entró luego al servicio de un campesino en el pueblo de Eben, a condición de que ella pudiera ir a la iglesia en las tardes o noches, especialmente domingos y días festivos. Una tarde su amo le requirió que continuara trabajando en el campo. Lanzando su hoz en el aire, ella dijo: “dejemos que mi hoz sea quien decida entre usted o yo”, y se dice que la hoz se quedó suspendida en el aire. Mientras tanto el Conde Henry de Rothenburg, estaba llegando a tener muchas cosas desafortunadas, desde que se despidió a Norburga. En vista de esto, el conde volvió a tener a la santa y las cosas mejoraron en la casa.

Un poco antes de la muerte de la santa, ella le pidió a su amo que colocara su cuerpo en un vagón, que debía ser tirado por dos bueyes, y que se le enterrara en el lugar donde los bueyes se detuvieran. Los bueyes condujeron el vagón hasta la capilla de San Rupero, cerca de Eben, donde ella fue enterrada.

El culto de la santa fue ratificado el 27 de marzo de 1862, y su festividad se celebra el 14 de septiembre. A ella generalmente se le representa con una mazorca de maíz, o flores, y una hoz en su mano. A veces también se le representa con una hoz suspendida en el aire.

Su legendaria vida fue compilada en alemán, por Guarinoni en 1646.

«Padre de la Iglesia, un hombre de excelsa virtud y gran talento. Elocuente orador; por ello fue denominado ‘boca de oro’. Pío X lo proclamó patrón de los predicadores y Juan XXIII patrono del Concilio Vaticano II»

Es uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia católica, aclamado por los ortodoxos como uno de los más insignes teólogos junto a san Basilio y a san Gregorio. Crisóstomo significa «boca de oro», sobrenombre que recibió por su excelsa forma de predicar, y que siglos más tarde indujo a san Pío X a proclamarle «patrón de los predicadores». Era originario de Antioquia de Siria donde nació hacia mediados del siglo IV. Su padre, oficial del ejército imperial, murió al poco de su nacimiento, y fue su piadosa madre Antusa la que se ocupó de educarle a él y a otra hija mayor. Andragatio y también Libanio, que ya era un prestigioso orador, le introdujeron en el conocimiento de la filosofía y de la retórica. Su elocuencia, que sin duda era un don natural, le hacía apto para aspirar a una exitosa carrera como abogado o político. Así lo consideró Libanio reconociendo que su formidable alumno le había aventajado. Pero Juan siguió otro camino invirtiendo esa gracia que Dios le había otorgado precisamente para darle la mayor gloria.

El año 368 recibió el bautismo de manos del obispo Melecio, conocido suyo, que influyó decisivamente en su vida. Él le nombró lector y se ocupó de instruirle dejándole preparado para el sacerdocio. Entretanto, el santo recibía clases del afamado Diodoro de Tarso, un brillante exégeta que impartía clases a un selecto grupo de jóvenes en Antioquía; algunos de ellos fueron prelados. En el 374, fallecida ya Antusa, Juan emprendió una experiencia eremítica en el monte Silpio, al sur de Antioquia. Fueron intensos años comunitarios, y uno de estricta soledad, acumulando vivencias de incalculable valor, acostumbrado a escuchar la voz de Dios en el silencio, empapándose de la Escritura, particularmente atrapado por las cartas paulinas. Entonces se hallaba en el ecuador de su vida. Por razones de salud sólo pudo soportar este tiempo de severa ascesis y penitencias. Era providencial. El veto que le impuso su organismo obligándole a abandonar la montaña el año 381 le abrió las puertas de su verdadera vocación. Poco tiempo después, Melecio le ordenó diácono. Y el año 386 recibió el sacramento del sacerdocio de manos del prelado Flaviano quien le designó predicador, misión que desempeñó admirablemente durante doce años.

Su rigurosa preparación y vasta cultura, unidas a su fe y entrega, impregnaban sus profundos comentarios a través de los cuales inducía a los fieles a vivir en conformidad con el Evangelio, lejos de la depravación y vicios morales. Muchos de ellos están recogidos en las Homilías; algunas las dedicó a los que derribaron las esculturas imperiales como medida de fuerza contra los gobernantes que no les dejaban respirar con abusivos impuestos. También es autor de numerosos tratados y cartas. El año 397, a la muerte de Nectario, patriarca de Constantinopla, fue proclamado sucesor suyo aún en contra de su voluntad. Tanto sintió su marcha Antioquia que tuvo que partir escoltado para evitar el tumulto de las gentes. Este virtuoso de la elocuencia se ganó al pueblo llano con sus encendidas exhortaciones a vivir la virtud. Luchó con denuedo contra los arrianos. Muchos pecadores y herejes se convertían al sentirse retratados en sus palabras con las que advertía de la gravedad de los vicios y errores en los que incurrían. Las dos horas largas que de ordinario duraban las homilías parecían un santiamén; en ellas exigía y denunciaba a la par que instruía. A las personas que no tenían doblez y mostraban disposición al arrepentimiento les decía: «Si habéis caído en el pecado más de una vez, y aún mil veces, venid a mí y yo os curaré». No seguía el mismo criterio con los impenitentes.

Tenía alma monástica; conocía los peligros de una contemplación puramente teórica cuando de lo que se trata es de encarnar a Cristo. Se preocupó de la formación de personas de todas las edades, denunció los abusos del clero y reformó sus costumbres. Apuntaba certero al corazón y alentaba la vida espiritual de la gente, especialmente de los pobres, a quienes ayudaba a paliar sus carencias materiales. Fundó hospitales, promovió comunidades entre mujeres de fe y también impulsó la evangelización de otras ciudades. Vivía la oración continua: «Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios… Me refiero, claro está, a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche». Estaba abrazado a la cruz. Su vibrante defensa de la verdad y abiertas críticas a la ostentación y a otros desmanes que detectaba en una parte del clero y en ciertos núcleos de poder le deparó muchos problemas.

La diplomacia no era uno de sus fuertes. Franco y directo se ganó opositores que albergaban intereses dispares a los evangélicos, huyendo de la exigencia que predicaba. En particular Teófilo, el patriarca de Alejandría, y la emperatriz Eudoxia, esposa de Arcadio, levantaron malévolas acusaciones de traición contra él, que no eran más que una burda venganza por las consecuencias de sus sermones que no les beneficiaban. El Sínodo de la Encina convocado el año 403 sancionó su caso, y un grupo de obispos capitaneados por Teófilo y la connivencia de Eudoxia acordaron su destierro. Tras su pronta reposición en la sede de Constantinopla por Arcadio, nuevamente sus advertencias pastorales a la emperatriz atrajeron su ira y fue enviado a Cucusa, cerca de Armenia. Desde allí continuó redactando valiosas cartas pastorales. El papa Inocencio I lo consoló y medió para que fuera restituido, pero sus gestiones no tuvieron eco. Juan nunca llegó a Pitionte que hubiera sido el final de su trayecto. En el transcurso del viaje que emprendió en Cucusa, hallándose en Comana, región del Ponto, falleció el 14 de septiembre del año 407, festividad de la Exaltación de la Santa Cruz, musitando: «Gloria a Dios por todo».

Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba

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REDACCIÓN CENTRAL, 08 Sep. 17 / 01:58 am (ACI).- “Mi saludo a los hijos de Cuba que en cualquier parte del mundo veneran a la Virgen de la Caridad; junto con todos sus hermanos que viven en esta hermosa tierra, los pongo bajo su maternal protección, pidiéndole a Ella, Madre amorosa de todos, que reúna a sus hijos por medio de la reconciliación y la fraternidad”, dijo San Juan Pablo II en su visita a la Isla en 1998.

Por los años 1612 y 1613 dos hermanos indios y un negrito de nueve o diez años fueron a buscar sal en la bahía de Nipe (Cuba). Sus nombres, respectivamente, eran Juan de Hoyos, Rodrigo de hoyos y Juan Moreno, conocidos tradicionalmente como “los tres Juanes”.

Tal como contó Juan Moreno en 1687, a sus 85 años de edad, ellos salieron de Cayo Francés embarcados en una canoa para ir a la salina. En el trayecto vieron una cosa blanca sobre la espuma del agua que no distinguían muy bien.

Al estar más cerca, vieron la imagen de la Virgen María con el niño Jesús en brazos sobre una tablita, en la que estaba escrito: “Yo soy la Virgen de la Caridad”. Luego los navegantes llenos de alegría sólo tomaron tres tercios de sal y se fueron para el Hato de Barajagua.

El administrador del Término Real de Minas de Cobre ordenó levantar una ermita, se colocó allí la imagen y se estableció a Rodrigo de Hoyos como capellán.

Cierta noche Rodrigo fue a ver la imagen y se dio cuenta que no estaba. Entonces se organizó una búsqueda, pero no la encontraron. A la mañana siguiente la Virgen estaba en su altar y dejó a todos sorprendidos porque la puerta de la ermita había permanecido cerrada toda la noche. Este hecho se volvió a repetir dos o tres veces más.

Es así que se pensó que la Virgen quería que la cambiaran de lugar y se le trasladó en procesión al Templo Parroquial del Cobre, donde fue recibida con júbilo. De esta manera la imagen llegó a ser conocida como la Virgen de la Caridad del Cobre.

En el templo se repitió la desaparición de la imagen y pensaron que la Virgen tal vez quería estar sobre las montañas de la Sierra Maestra. Esto se confirmó cuando una niña de nombre Apolonia vio a la Virgen de la Caridad sobre la cima de una de las montañas. Más adelante, la imagen fue llevada a ese lugar.

En las guerras de independencia de Cuba, las tropas se encomendaron a esta advocación y después de la libertad, los veteranos en 1915 pidieron al Papa que declarase a la Virgen de la Caridad del Cobre como Patrona de Cuba. En 1916 Benedicto XV les concedió esta petición y fijó su festividad para el 8 de septiembre.

El actual Santuario donde se conserva la imagen mariana se inauguró el 8 de septiembre de 1927 y en 1977 el Papa Pablo VI elevó este recinto a la dignidad de Basílica. El 24 de enero de 1998, la Virgen de la Caridad fue coronada como Reina y Patrona de Cuba por San Juan Pablo II.

Santo Tomás de Villanueva OSA, Arzobispo

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«A este agustino, dechado de caridad, se le confieren títulos como: el obispo de los pobres, el san Bernardo español, el arzobispo limosnero y modelo de los obispos. Fue uno de los grandes predicadores españoles»

Hoy, festividad de la Natividad de la Virgen María, se celebra también la vida de este santo que nació en 1486 en Fuenllana, Ciudad Real, España, zona geográfica mundialmente archiconocida porque Cervantes situó en ella a su Quijote. Aunque Tomás creció en Villanueva de los Infantes, localidad natal de sus padres, de ahí el sobrenombre que le acompaña. Fue el mayor de seis hermanos; uno de ellos también se abrazó al carisma agustino. Su formación cristiana y piedad con los pobres lo aprendió de su madre. Y tanto calaron sus enseñanzas en él, que lo mismo se desprendía de las prendas que vestía para dárselas a los menesterosos y volver a casa sin ellas –sabía que recibiría la aprobación materna– como de su merienda. Lo enviaron a estudiar a Alcalá de Henares con 15 años. Cursó filosofía en el colegio franciscano de San Diego, y en el de San Ildefonso. Cuando se integró en la Orden de los agustinos de Salamanca en 1516, estaba matriculado en teología, y desde 1512 había ejercido la docencia en filosofía en la universidad de Alcalá. Entre otros alumnos tuvo a los insignes Domingo de Soto y Hernando de Encinas.

En Alcalá había dejado la impronta de su sabiduría y virtud. Era ferviente seguidor de las tesis del Aquinate (también de san Agustín y de san Bernardo), y ya le precedía el prestigio que siempre le acompañaría. La universidad salmantina esperaba tenerle al frente de su cátedra de filosofía, aunque al llegar a la capital del Tormes el santo perseguía otra gloria que obtuvo como agustino. Fue ordenado sacerdote en 1518, a la edad de 33 años. Después sería sucesivamente prior conventual, visitador general, y prior provincial de Andalucía y Castilla. Era un gran apóstol y en 1533, estando al frente de Castilla, envió a fundar a México a los primeros agustinos. Fue profesor de la universidad y un gran predicador; hizo llegar a todos el evangelio con sencillez y profundidad, alejado de retóricas. La base la tenía en la Escritura; no hallaba fundamento mejor. Y así lo advertía: «quien no conoce a fondo las Escrituras no debe asumir el oficio de predicar». Son muy conocidos sus sermones que ponen de relieve su devoción por María.

Paulo III lo designó arzobispo de Valencia en 1544. Con anterioridad Carlos V, que le admiraba profundamente, le ofreció la sede de Granada. Le consideraba un «verdadero siervo mandado de Dios»; le nombró predicador de la corte y lo tuvo entre sus consejeros. Tomás se había negado en aquel momento, pero no pudo convencer a su superior para declinar la sede de Valencia, tras cuya propuesta se hallaba también el monarca. Así que llegó a ella a lomos de una mula, movido exclusivamente por la obediencia. Con las rentas que recibió a su pesar, y de las que se desprendió en cuanto pudo, logró que se reedificara el Hospital General y socorrió a los necesitados. Vestía pobremente, sintiéndose humilde fraile; únicamente le interesaba ser un buen pastor de almas y lo mostró en todo momento.

Su paso por Valencia fue el de un hombre santo. Encontró una diócesis en pésimas condiciones; al ser tan virtuoso sufría viendo el proceder del cuerpo sacerdotal que parecía ir muy por detrás de los fieles a todos los niveles. Así que la reestructuró por completo confiriéndole el espíritu evangélico que le faltaba. Luchó contra costumbres lamentables y situaciones de pobreza, marginación, absentismo e ignorancia, además de vicios diversos que existían en el clero. No se detuvo a pesar de que halló una fuerte oposición. Cuando unos canónigos le amenazaron con apelar al papa si seguía adelante con su idea de convocar un sínodo, porque ya supondrían que lo que emanaría de él podría atentar contra los penosos hábitos que habían adquirido, el santo respondió: «pues yo apelo al Dios del cielo». Su autoridad moral era incontestable; en consecuencia tuvieron que claudicar.

Se ha destacado del santo su intensa espiritualidad marcada por la oración continua, fidelidad, obediencia, la caridad con los enfermos, por los que se desvivía actuando como un ejemplar enfermero, y su amor al estudio. Poesía el espíritu del verdadero pastor, cercano, accesible, siempre disponible para todos: «siendo obispo, no soy mío, sino de mis ovejas». Era un hombre lúcido, silencioso, prudente y discreto al que jamás se le vio perder el tiempo. Detestaba las murmuraciones. Entregado a los actos de piedad, y lector de textos devotos, era muy austero. Una vez se desprendió del humilde jergón que le servía de lecho entregando a los pobres el dinero que le dieron. No obstante, aunque tenía un concepto elevado acerca de la caridad, era también práctico y clarividente. Involucraba a los necesitados procurando que tuvieran trabajo. Decía: «La limosna no solo es dar, sino sacar de la necesidad al que la padece y librarla de ella cuando fuere posible». Era muy inteligente; sin embargo, no le acompañaba la memoria. Y era también distraído; luchó contra ambas deficiencias superándose.

Agraciado con experiencias místicas, no siempre pudo ocultarlas a los demás, como deseaba. Al terminar de oficiar la misa caía en éxtasis y los asistentes percibían su rostro nimbado por la luz. En una ocasión, predicando en Burgos, mientras levantaba el crucifijo exclamó: «¡Cristianos, miradle..!», sin poder añadir más por haberse sumido en un rapto. En otro momento, durante la toma de hábito de un novicio, otro de estos momentos singulares con los que era agraciado le dejó fuera de sí durante un cuarto de hora. Después, con religiosa delicadeza, signo de su profunda vida mística, rogó que le disculparan: «Hermanos: os pido perdón. Tengo el corazón débil y me apena sentirme perdido en ocasiones como ésta. Trataré de reparar mi falta». A punto de entregar su alma a Dios tenía muy presente a sus pobres y en modo alguno deseaba que permaneciesen en las arcas la cantidad de dinero que había, así que instó a sus cercanos a que la repartiesen. Murió el 8 de septiembre de 1555. Paulo V lo beatificó el 7 de octubre de 1618. Alejandro VII lo canonizó el 1 de noviembre de 1658.

Beata María de Santa Cecilia Romana (Dina Bélanger)

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«Joven pianista, primera canadiense en ser beatificada. Es una mística de nuestro tiempo, modelo para quien se proponga alcanzar la perfección. En su corta vida encarnó admirablemente su anhelo de amar y dejar hacer a Jesús y a María»

En Sillery, en la provincia de Quebec, en Canadá, beata María de Santa Cecilia Romana (Dina) Bélanger, virgen de la Congregación de Religiosas de Jesús-María, que, entregada y confiando sólo en el Señor, durante no pocos años soportó una grave enfermedad († 1929).

Fecha de beatificación: 20 de marzo de 1993 por S.S. Juan Pablo II

(ZENIT – Madrid).– Dina Bélanger, la hermosa joven canadiense que tuvo la fama al alcance de la mano por sus excepcionales dotes musicales, no hallaba en el santoral una mujer canonizada que llevase su nombre, pero ella se propuso cubrir ese vacío con su propia entrega: sería santa. Así lo confió a su educadora cuando constató que buscaba en vano otra Dina. Para ello no tenía más que «amar y dejar hacer a Jesús y a María». Apenas tuvo 33 años de plazo para amasar las virtudes, pero fueron más que suficientes.
Nació en Québec, Canadá, el 30 de abril de 1897. Hubiera sido la primogénita de Olivier y Seraphia, pero un varón nacido con posterioridad murió pocos meses después de nacer, por lo cual fue la única hija del matrimonio. En este hogar acomodado recibió una exquisita educación seguida atentamente por sus padres. Velaron para que ciertos rasgos de su apasionado y temperamental carácter, apreciados cuando aún era una niña, no le ganaran la batalla. Y ciertamente los templó a tiempo, poniendo todo de su parte. Eso hizo de ella una persona entrañable, dócil, humilde y obediente. Tanto Olivier como Seraphia le transmitieron, junto a la fe, excepcionales cualidades como la responsabilidad, el orden, el sentido del trabajo, la discreción, la piedad, la constancia, la abnegación y otros valores que también detectaron profesoras y alumnas.

Desde los seis años estudiaba en el colegio de las religiosas de Nuestra Señora y allí recibió la primera comunión. Entonces la experiencias místicas, que iban a marcar su vida, se hallaban en el umbral de la misma. Como previamente había entrañado a Dios en su corazón, lo aguardaba como algo natural y así tomó el Cuerpo de Cristo: «Mi felicidad era inmensa. Jesús era mío y yo era suya. Esta unión íntima causó en mi alma, entre otras gracias: el hambre de su Cuerpo y de su Sangre, que ha ido creciendo con las comuniones siguientes».

En 1905 inició los estudios de piano. Las altas calificaciones que obtenía, el dominio instrumental y su capacidad para ejecutar con maestría las piezas le auguraban un futuro profesional espléndido. Las inagotables ansias de perfección marcaban sus jornadas. Durante varias veces al día suplicaba esa gracia. En el centro de su vida: la Eucaristía y María. En 1910 se vinculó a las Hijas de María y algo más tarde se consagró a la Virgen. Completó esa ofrenda dándose por completo a Dios, llevada de la «sed de entregarse a su amor». Era parte de un intenso programa que le fue conduciendo firmemente a la unión divina. Cómo sería que a sus 14 años pudo decir con propiedad: «Jesús y yo ya no son dos, somos uno. Sólo Jesús hace uso de mis facultades, de mis sentidos, mis miembros. Él es quien piensa, actúa, ora, busca, habla, camina, escribe, enseña, en una palabra, es Él quien vive …». Según confió ella misma, Cristo la denominaba: «mi pequeño yo».

El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 hizo que crecieran sus ansias de martirio: «Como he oído hablar de esta donación, conocido como el ofrecimiento heroico, inmediatamente me ofrecí, me abandoné por completo a la voluntad de Jesús, ya que soy su víctima». Dos años más tarde la enviaron a completar estudios de piano, armonía y composición musical al conservatorio de Nueva York. Se alojó en el selecto pensionado Our Lady of Peace, de la calle 14, propiedad de las religiosas de Jesús y María. Allí coincidió con pianistas consumadas como la chilena Rosita Renard. Hasta 1918 estudió en un formidable piano Steinway, piano que en 1990 se enviaría a Sillery por haber sido utilizado por ella ya que el instrumental existente en el convento había sido pasto de las llamas en el incendio que sufrió el convento en 1983. Todo ese tiempo siempre vinculada a Cristo puso mucho cuidado en no envanecerse y sostener firmemente la vocación al amor que latía en su corazón.

Regresó con sus padres en 1918, y en 1921 ingresó en el noviciado que estas religiosas de Jesús y María tenían en Sillery. Se acrecentaba su ardiente anhelo de vivir unida a Dios con una perfecta oración continua y para ello en su itinerario espiritual, a sus habituales ayunos, renuncias y mortificaciones añadía la meditación de las llagas de Cristo. «La práctica de la unión con mi Dios seguía siendo el objeto de mi examen particular. Añadí que quería actuar por amor; sólo por Jesús». La superiora advirtió que se hallaba frente a un alma singular, y le indicó: «Usted debe escribir su vida, mi querida hermana». Aunque Cristo en una locución le dijo que haría mucho bien con sus escritos, ella ignoraba que éstos no eran más que el compendio de su vida, aunque fue autora de otros textos y poesías. Esta petición exigió por su parte un notable esfuerzo. Le contrariaba profundamente hablar en primera persona, viéndose obligada a escribir repetidamente el pronombre «yo». Reconoció que era lo que más le había costado en la vida. Por fortuna obedeció, y gracias a ello se conservan las profundas huellas que el amor de Dios iba trazando en su espíritu. En la redacción se percibe alegría y esperanza, una confianza y fe inalterables. Al profesar en 1923 tomó el nombre de Cecilia, por su vínculo con la música. Fue profesora de esta disciplina en el colegio.

Un día en medio de su «noche oscura» percibió sobrenaturalmente que Cristo se llevaba su corazón, quedándose Él en su lugar. Y en otra ocasión volvió con esta víscera purificándola con tanto amor que quedó abrasado en él; ella misma pudo soplar las cenizas, signo de la ruptura completa con su pasado. Después, volvió a ocupar su espacio en el pecho. Cuando Cristo le hizo entender que moriría el 15 de agosto de 1924 aludía a una muerte mística, no física. Ésta llegó el 4 de septiembre de 1929 tras una tuberculosis que le produjo incontables sufrimientos. Había dicho: «En el cielo yo seré mendiga de amor, esa es mi misión y la comienzo inmediatamente, daré la alegría». Juan Pablo II la beatificó el 20 de marzo de 1993.

Beato Pedro Sánchez Barba, Sacerdote Mártir

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«En diversos lugares de Murcia, España, Beato Antonio (en el siglo Miguel Faúndez López), sacerdote profeso de la Orden de los Hermanos Menores y tres compañeros, asesinados por odio a la fe (†1936)»

Fecha de Beatificación: 13 de octubre de 2013, durante el pontificado de S.S. Francisco.

Nació en Llano de Brujas el 1 de Julio de 1895, segundo de siete hermanos. Sus padres José y Encarnación educaron a sus hijos en la piedad y vida cristiana dando ejemplo de Amor a Dios y al prójimo. Bautizado el día 2, Visitación de la Virgen, en la Iglesia de Nuestra Señora de Las Lágrimas. Confirmado por el Sr. Obispo de Cartagena Tomás Bryan y Livermore.

Estudió en el Seminario de Murcia, ordenado sacerdote el 14 de Junio de 1919 fue nombrado Administrador del Seminario San José, de "La Verdad" y Consiliario de la Confederación Católica Agraria, fundada en Murcia secundando los deseos de la Iglesia en el campo social.

Ecónomo de San Bartolomé desde el año 1931. Su celo sacerdotal por la instrucción religiosa de sus feligreses le llevó a cuidar la homilía y los Círculos de Estudio con jóvenes siendo su Parroquia de las primeras donde se implantó y organizó la incipiente Acción Católica.

Socorría a los pobres al igual que procuraba que las mujeres de mala vida volvieran a la honradez y vida cristiana. Muy penitente de seminarista y de sacerdote usaba cilicios para mortificar su cuerpo. Sacerdote de gran vida interior, en unos Ejercicios Espirituales, pidió a Dios la gracia del martirio. Llevado de este anhelo de perfección, ingresó muy joven en la Tercera Orden de San Francisco, cuyo cordón llevaba siempre ceñido interiormente a la cintura. Pulcro y cuidadoso de presentarse de un modo decoroso y digno del sacerdote.

Cuando fueron a incendiar el edificio de "La Verdad", se mostró fiel a su deber no queriendo abandonar su puesto. Al ser quemada la puerta de San Lorenzo, temió por la de San Bartolomé y se quedó en vela toda la noche con algunos jóvenes de Acción Católica. Decía: "Lo que sea de la Iglesia será de mi".

La noche del 3 al 4 de Septiembre, hombres armados fueron a casa de sus padres, en Llano de Brujas y, habiéndose llevado previamente a dos de sus hermanos,-José y Fulgencio-, volvieron por él. Al proponerle que renegara de su condición de sacerdote dijo: "Eso jamás. Mi Fe y mi vocación valen más que mi vida". Entre blasfemias e injurias le llevaron a la muerte según la orden dada de matarle a él y al religioso franciscano Fray Buenaventura Muñoz Martínez O.F.M. Soltaron a José pero a Fulgencio no.

Instigados a que dijeran que eran fascistas, D. Pedro contestó: "Nosotros de fascistas nada; a mí si me queréis matar como sacerdote… pero a este hermano mío os pido que lo dejéis para que cuide de mi madre anciana, que necesita de él". Dispararon contra los tres pero Fulgencio no murió siendo testigo de excepción de todo lo que aconteció.

A D. Pedro lo mataron por ser sacerdote. Aceptó la muerte como un testimonio de amor a Cristo y de perseverancia en su fe como lo había pedido en los Ejercicios Espirituales. Había dicho a sus amigos: "Buscar yo la muerte no; pero si nos la dan, ¡Qué mejor dicha!"

Este grupo de mártires está integrado por:

1. ANTONIO (MIGUEL FAÚNDEZ LÓPEZ), sacerdote profeso, Orden Frailes Menores
nacimiento: 23 Julio 1907, en La Hiniesta, Zamora (España)
martirio: 19 Septiembre 1936 en Bullas, Murcia (España)

2. BUENAVENTURA (BALTASAR MARIANO MUÑOZ MARTÍNEZ), clérigo profeso, Orden Frailes Menores
nacimiento: 7 Diciembre 1912 en Santa Cruz, Murcia (España)
martirio: 4 Septiembre 1936 en Cuello de Tinaja, Murcia (España)

3. PEDRO SÁNCHEZ BARBA, sacerdote diocesano y terciario franciscano
nacimiento: 1 Junio 1895 en Llano de Brujas, Murcia (España)
martirio: 4 Septiembre 1936 en Cuelo de Tinaja, Murcia (España)

4. FULGENCIO MARTÍNEZ GARCÍA, sacerdote diocesano y terciario franciscano
nacimiento: 14 Agosto 1911 en Ribera de Molina, Murcia (España)
martirio: 4 Octubre de 1936 en Espinardo, Murcia (España)

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