Vale la pena ver este video del Padre Barron, porque delinea en no muchos minutos algunos puntos fundamentales para sostener un debate abierto, sincero y profundamente cristiano con personas no creyentes, evitando caer en discusiones inútiles, o incluso dañinas, a causas de las tantas falacias que, además de faltar a la verdad, nos llevan también a algo mucho peor: faltar a la caridad.

Podríamos profundizar en tantas otras, como por ejemplo, la falacia «ad baculum» (sostener la veracidad de un argumento basándose en la fuerza o poder) o la falacia «ex populo» (sostener un argumento apelándose a la mayoría: «todos lo hacen», «la mayoría está a favor»), que sabemos por experiencia dónde acaban (basta pensar en el régimen Nazi o en el aborto, «nazismo de guantes blancos» como lo definió el Papa Francisco). Sin embargo, aquí nos interesa más precisar mejor el fondo espiritual que debe caracterizar una apologética que quiera llamarse cristiana.

1. Es necesario mostrar la credibilidad de nuestra fe

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Hay que insistir que, si bien es necesario mostrar la credibilidad de nuestra fe para ayudar a otros, pues aun cuando la fe no es racional (confiar va más allá de la razón), tampoco es irracional (nadie confía en lo que no conoce), sino más bien razonable (Dios se da a conocer, comunicándose, en la historia y, asumiéndola desde dentro, nos confirma a través de su Amor en una Verdad más profunda sobre Él y sobre la misma); es necesario recordar además que la defensa, profundización y exposición de tal credibilidad no mira a crear una confianza mayor en las verdades mismas de la fe que, como preámbulos que son («Praeambula Fidei»), están ordenadas más bien a preparar el terreno para establecer o fortalecer una relación de comunión mayor, incrementando nuestra confianza, con la Persona a la cual todas las verdades están ordenadas: Cristo, Alfa y Omega, Camino, Verdad y Vida. O en otras palabras, cualquier discurso que quiera afrontar de manera correcta los presupuestos razonables de la fe (filosóficos, científicos, históricos, que sean), tiene que recordar que aquí lo más importante no es tener la razón, sino a través de la razón ayudar a otros (y a nosotros mismos) a poder conocer y amar más al Hijo de Dios que nos salva.

2. Defensa ante quienes nos piden dar razón

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En ese sentido, es cierto que San Pedro nos invita a estar preparados para presentar una defensa ante quienes nos piden dar razón (apologética) de nuestra esperanza (Cfr. 1 Pd 3,15), frase clásica para promover la defensa de la fe. Sin embargo hay que darse la molestia también de detenerse y leer los versículos precedentes, que son claves para enmarcar y comprender mejor cómo deber ser llevado a cabo este apostolado.

Dice, por ejemplo, el apóstol un poco antes en el versículo 8: «tengan un mismo sentir, sean compasivos, fraternales, misericordiosos, humildes». Luego, como si no bastase, continúa en el versículo 9: «no devolviendo mal por mal ni ultraje por ultraje; al contrario bendiciendo, que para esto hemos sido llamados, para ser herederos de la bendición». Poder ben-decir, o decir bien de los demás, es un requisito basilar para poder entablar un debate que mire a la salvación del otro. Porque si no veo en el otro más que al oponente que debo derrotar y vencer, y no al hermano que debo amar y salvar, ¿de qué me sirve debatir?

Me parece que se podría aplicar aquí muy bien lo que Abba Macario advertía en relación a la corrección: «Si, reprendiendo a alguien tú te dejas llevar por la cólera, satisfaces tu propia pasión. Por lo tanto no te pierdas a ti mismo para salvar a los otros». En realidad, como dice el proverbio: «mientras la inteligencia solo convence, el corazón vence».

Alguien podría replicar, ¿pero si el otro me ofendiese, o me hiciese algo malo? San Pedro en el versículo 13 y 14, justo antes del famoso versículo 15, responde: «¿Y quién os hará mal si fuereis celosos promovedores del bien? Y si con todo padeciereis por la justicia, bienaventurados vosotros. No los temáis ni os turbéis». Es en este contexto, de confesión, por decirlo así, martirial, que se gesta la más radical apologética cristiana, pues se responde y se vence al mal, no con el mal, mas con el bien (Cfr. Rom 12, 21). De este modo, la actitud de sacrificio por amor ante el otro habla mejor que cualquier defensa. Es en esta perspectiva que tenemos que leer el conocido versículo 15 que continúa diciendo: «antes glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere».

No creo que sea una casualidad también que a esta exhortación San Pedro añada inmediatamente en el versículo 16: «pero con mansedumbre y respeto, y en buena conciencia, para que en aquello mismo en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestra buena conducta en Cristo». Y después remata en el 17: «que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la voluntad de Dios que padecer haciendo el mal».

El mensaje es claro: solo si la vida del cristiano es auténtica se convierte en sí misma en un signo profético, en un testimonio creíble y por ende, en una gracia de conversión para el otro. A esta apologética estamos llamados todos, porque como decía De Lubac respecto a la responsabilidad tenemos los cristianos ante nuestros hermanos no creyentes: «toda gracias es gratia gratis data, es decir, según el viejo sentido de la expresión, dada a favor de otros. La gracia del catolicismo no nos ha sido dada para nosotros solos, sino mirando a los que no la tienen, como bien lo entendió santa Teresa, es activa». (Cfr. Catolicismo/Aspectos sociales del dogma)

3. La mejor apologética nace del amor

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En ese sentido, la mejor apologética es aquella que, naciendo del amor, se vuelve capaz de transmitir la bondad y la belleza que irradia una vida auténtica en la verdad, pues solo el amor que salva es a fin de cuentas creíble, y es además lo que da consistencia eterna a las verdades mismas que proclamamos (pues, aunque hablásemos la lengua de los ángeles…). Cuando alguien ama a otro, además, son necesarias pocas razones para encender la fe, como decía el Cardenal Newman «Cor ad cor loquitur» (el corazón habla al corazón).

Este dinamismo de fondo refleja el movimiento mismo de la revelación de Dios, a través de la cual nos enseña cómo hacer una correcta apologética (apo-logos) que mira a generar un diálogo (dia-logos) en el amor capaz de hacer carne en nosotros al Logos, porque:

«La verdad que la Revelación nos hace conocer no es el fruto maduro o el punto culminante de un pensamiento elaborado por la razón. Por el contrario, esta se presenta con la característica de la gratuidad, genera pensamiento y exige ser acogida como expresión de amor. Esta verdad revelada es anticipación, en nuestra historia, de la visión última y definitiva de Dios que está reservada a los que creen en Él o lo buscan con corazón sincero. El fin último de la existencia personal, pues, es objeto de estudio tanto de la filosofía como de la teología. Ambas, aunque con medios y contenidos diversos, miran hacia este «sendero de la vida» (Sal 16 [15], 11), que, como nos dice la fe, tiene su meta última en el gozo pleno y duradero de la contemplación del Dios Uno y Trino (Fides et Ratio, nº14)».

Sobre esto último, a nivel más práctico me parece que para establecer un diálogo fructífero, que incluso pueda con el tiempo convertirse en un camino mistagógico, o sea, que introduzca y conduzca al otro hacia el Misterio que dona la Vida, el lugar, la atmósfera y la modalidad que se eligen para conversar de estos temas tan profundos de fe y razón, son claves para que genere un buen resultado. Es distinto discutir en un clima de oración, tal vez de retiro, y con una modalidad no confrontacional o polémica sino de espiritual. Pienso que vale para cualquier debate, lo que San Ignacio decía en esa genial, y tantas veces descuidada, intuición del número 22 de sus ejercicios espirituales:

«Para que así el que da los ejercicios espirituales, como el que los recibe, más se ayuden y se aprovechen: se ha de presuponer que todo buen cristiano ha de ser más pronto a salvar la proposición del próximo, que a condenarla; y si no la puede salvar, inquiera cómo la entiende, y, si mal la entiende, corríjale con amor; y si no basta, busque todos los medios convenientes para que, bien entendiéndola, se salve».

Aun cuando, poner en práctica y vivir estos consejos no es fácil, pues implica sin duda alguna mucha humildad, paciencia y renuncia personal, Dios nos ofrece su gracia si se la pedimos con fervor, y además a través de estas pruebas saca grandes frutos de conversión no solo para los demás, sino también para nosotros, porque purifica y vuelve más auténtica nuestra fe, pues como nos enseñaba San Pedro al inicio de su primera carta, siempre en sintonía con todo lo ya dicho: «para que vuestra fe probada, más preciosa que el oro, que aunque sea acrisolado por el fuego se corrompe, aparezca digna de alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo, a quien amáis sin haberlo visto, en quien ahora creéis sin verle, y os regocijáis con un gozo inefable y glorioso, logrando la meta de vuestra fe, la salvación de las almas». (1Pd 1, 7-9)

Fuente: CatholicLink

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