Diócesis

Hace un par de años viví uno de los tiempos más difíciles de mi vida. Por varios motivos (situaciones de dolor y por mi personalidad nerviosa) desarrollé un ligero trastorno de ansiedad. Digo «ligero» porque sé de casos mucho peores que el mío, donde la persona sufre muchísimo al punto de no poder realizar ni las actividades más básicas.

No entraré en mucho detalle, pero empezó con palpitaciones del corazón y tensión muscular hasta llegar a ataques de ansiedad periódicos. Pasé casi todos los días durante aproximadamente seis meses convencida de que algo estaba mal con mi corazón y que en cualquier momento me iba a morir, a pesar de que los exámenes médicos decían lo contrario.

Los que padecen de un desorden de ansiedad saben a lo que me refiero. Me volví obsesiva y me convencí a mí misma que el sufrimiento nunca se iba a acabar, que estaba condenada a vivir así. Me costaba trabajar, casi no salía, las cosas que antes amaba hacer se habían vuelto toda una tarea. Me tomaba la presión al menos una vez al día y googleaba obsesivamente los síntomas de un infarto para cerciorarme que lo que estaba sintiendo era ansiedad y no un ataque al corazón.

¿Me estaba volviendo loca?


¿Quién me iba a querer así? ¿Cómo iba a vivir con esto? ¿Iba a perder mi trabajo? ¿Cómo iba a salir adelante? Me hacía estas preguntas constantemente, abriendo una herida en mi corazón que cada vez se hacía más grande.

solitaria

Gracias a Dios y a terapia psicológica, hoy estoy mejor. La ansiedad ya no me paraliza, he aprendido a entenderla, controlarla y a vivir con ella. Esto es algo que muchos saben, no es algo que oculto y sé que le pasa a muchísimas personas.

Hoy veo atrás y me doy cuenta que, durante ese tiempo, mi experiencia era de miedo y frustración, de constante tensión ante algo que, aparentemente, no podía controlar. Pero, más allá de esto, tenía la sensación de una profunda soledad.

En lo más hondo de mi ser me sentía incomprendida, como si nadie en este mundo pudiese entender lo que estaba atravesando. Y no porque estuviese sola, pues mis padres estaban siempre allí, mis amigas me escuchaban y me alentaban, sabía que Dios me acompañaba, pero aún así tenía una especia de vacío en mi interior.

Una soledad que quema


Esto me ha pasado muchas veces, particularmente en aquellos momentos de gran sufrimiento. Y es que existe un lugar en nuestro corazón que nadie ve y que nadie puede alcanzar. Allí donde la soledad se vuelve tan profunda que te hace sentir desahuciado, abandonado, una soledad que duele y quema y ante la cual parece no haber consuelo alguno.

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Venía meditando en esto desde hace algunos días, cuando me topé con una carta llamada Dancing in Gethsemane: A letter about hope(Bailando en Getsemaní: Una carta sobre la esperanza) por Anthony D’ Ambrosio. En ella, él relata su experiencia con respecto a los abusos y escándalos de la Iglesia Católica.

Todo el texto me fascinó y comparto la mayor parte de su sentir. No voy a ahondar sobre el tema de los abusos, porque eso merece todo un artículo aparte. Más bien, quiero centrarme en lo esencial del texto, particularmente en un fragmento que verdaderamente me tocó el corazón, al punto de echarme a llorar frente a mi computadora mientras lo leía.

Anthony cuenta la experiencia de sentirse enojado y perdido ante las noticias de los escándalos y recordaba una época de particular sequía espiritual, donde acababa de terminar con su novia debido a que la ansiedad que padecía había consumido toda su vida. Esto lo había llevado incluso a dudar de la existencia de Dios y a sentirse desconsolado ante tan gran dolor:

«Era primavera y el nuevo follaje aún era de color verde lima. Durante la cena familiar, sumergimos perejil en un plato hondo con agua, que simboliza las lágrimas de los israelitas durante la esclavitud. Comimos cordero con mermelada de menta y fuimos a la parroquia de rito maronita a la que asistíamos cuando era niño. Al final de la misa, los encargados crearon un “jardín” en la iglesia que simbolizaba el Monte de los Olivos y hubo adoración eucarística y confesiones hasta las 2 de la mañana.

No tenía cómo volver a casa, entonces me senté en la iglesia con mis audífonos puestos mientras escuchaba a Sigur Ros (una banda musical islandesa), y me imaginé a Jesús en el jardín, sufriendo hasta que sus poros sangraron por la ansiedad.

Veía como su ministerio llegaba a su fin, cómo sus amistades se terminaban, el rechazo, el fracaso e incluso la distancia entre Él y Dios. Escuché las palabras que dijo en ese momento: “Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Y luego, escuché el silencio ensordecedor. No había siquiera el consuelo de un “No”. Solo se escuchaban los ronquidos de sus amigos, quienes no fueron capaces de velar con Él, y, finalmente, el saludo de su traidor.

Mientras pensaba en estas cosas sentí -por primera vez desde que enfermé- que alguien al fin me entendía. Él conocía el rechazo que yo experimentaba, el silencio de Dios, la destrucción de sus aspiraciones. En este momento, le dije al Señor en oración: “No sé si estaré enfermo para siempre, o si alguna vez tendré una vida luego de eso, pero acepto el cáliz del sufrimiento como tú lo hiciste y elijo vivir el resto de mi vida sin maldecirlo”.

Empecé a llorar, porque, aunque no sabía si Jesús realmente era Dios, en ese momento no importaba. Solo sabía que no estaba solo; alguien me comprendía, en mi agonía y soledad más profundas. Cuando todos a mi alrededor estaban “dormidos” ante lo que me estaba pasando, alguien me veía y me entendía».

Y es que en nuestro Getsemaní, el Señor está allí, junto a nosotros. Él entiende el dolor más profundo, la soledad más grande, esa que nadie puede tocar. Él esta allí en lo más hondo de tu humanidad, en tu herida abierta, pues Él la ha sentido en carne propia. En ese lugar que nadie parece alcanzar, allí está Él, buscando darte el consuelo que tanto anhelas.

Sea cual sea tu sufrimiento hoy y por más oscuro que parezca, recuerda mirar a Jesús. Recuerda que Él ha prometido quedarse contigo hasta el fin del mundo. Atesora esta hermosa verdad con amor, esperanza y gratitud y, en esos momentos de mayor dolor, no olvides que en tu propio huerto, Jesús te ofrece su dulce compañía.

Termino con una oración que, para mí, es una de las más hermosas que he escuchado. Es un Himno de la Liturgia de las Horas que te puede servir en los momentos de soledad:

Estáte, Señor, conmigo
siempre, sin jamás partirte,
y cuando decidas irte,
llévame, Señor, contigo;
porque el pensar que te irás
me causa un terrible miedo
de si yo sin ti me quedo,
de si tú sin mí te vas.

Llévame, en tu compañía
donde tu vayas, Jesús,
porque bien sé que eres tú
la vida del alma mía;
si tú vida no me das
yo sé que vivir no puedo,
ni si yo sin ti me quedo,
ni si tú sin mí te vas.

Por eso, más que a la muerte
temo, Señor, tu partida,
y quiero perder la vida
mil veces más que perderte;
pues la inmortal que tú das,
sé que alcanzarla no puedo,
cuando yo sin ti me quedo,
cuando tú sin mí te vas. Amén.

Fuente: CatholicLink

Naciones Unidas denuncia que la cifra total de menores de quince años fallecidos por causas prevenibles en 2017, ascendió a 6,3 millones. De no tomarse medidas urgentes, entre el 2018 y el 2030 morirán 56 millones de menores, la mitad de ellos recién nacidos. Pese a estas cifras, cada año hay menos muertes infantiles en todo el mundo.

Sofía Lobos - Ciudad del Vaticano

La salud infantil atraviesa momentos críticos en muchos países sumidos en la pobreza, donde la vida de los más pequeños se apaga sin tener, en la mayoría de los casos, la posibilidad de recibir un tratamiento médico básico.

Según indica un nuevo informe conjunto de UNICEF, la Organización Mundial de la Salud (OMS), la división de población de la ONU y el Banco Mundial, durante el año 2017 falleció un niño cada cinco segundos debido a enfermedades y causas prevenibles.

El estudio cifra en 6,3 millones el número de menores de 15 años que fallecieron durante el año pasado e indica que la gran mayoría de ellos; 5,4 millones, perecieron durante los primeros cinco años de vida, casi la mitad de ellos recién nacidos.

Millones de niños siguen muriendo
Mark Hereward, director asociado de la división de Investigación de Datos y Políticas de UNICEF explicó las principales causas de estas elevadas cifras.

"En los menores de cinco años las enfermedades juegan un papel muy importante y, para reducir sus tasas, la intervención más fácil y directa es la inmunización que sirve para reducir el número de muertes. Cuando se logra este objetivo, las principales causas de muerte son la neumonía y la diarrea, que son razonablemente fáciles de tratar, pero se necesita una mayor intervención de los sistemas de salud para poder hacerles frente".

Sin medicamentos, agua, ni luz
"Por otra parte, de no tomarse medidas urgentes se calcula que morirán 56 millones de niños menores de cinco años entre el 2018 y el 2030", señaló la directora de Datos, Investigaciones y Políticas de UNICEF, Laurence Chandy.

“A pesar de los progresos notables que hemos logrado desde 1990, millones de niños siguen muriendo simplemente debido a su identidad o al lugar donde han nacido. Si aplicamos soluciones sencillas como el suministro de medicamentos, agua potable, electricidad y vacunas podemos cambiar esa realidad para todos los niños”, aseguró la experta.

África y Asia encabezan la lista de defunciones
Asimismo, el informe destaca que la mitad de los fallecimientos de menores de cinco años durante 2017 se produjeron en el África Subsahariana, mientras que el 30% ocurrieron en Asia del Sur.

“ De no tomarse medidas urgentes se calcula que morirán 56 millones de niños menores de cinco años entre el 2018 y el 2030 ”

Una de las grandes disparidades recogidas en el informe muestra que en los países de altos ingresos solamente muere 1 de cada 185 menores de cinco años; frente al alarmante cifra de 1 de cada 13, en la misma franja de edad en el África Subsahariana.

En este contexto, la doctora Princess Nono Simelela, subdirectora general de Salud Familiar, de la Mujer y el Niño de la OMS manifestó que no se ha de permitir la muerte de millones de menores por falta de acceso a agua, saneamiento, nutrición adecuada o servicios básicos de salud.

Causas de muerte prevenibles
“Debemos priorizar la tarea de facilitar a todos los niños el acceso universal a servicios de salud de calidad, especialmente en el momento del nacimiento y durante los primeros años de vida, a fin de darles la mejor oportunidad posible de sobrevivir y prosperar”, señaló Princess Nono.

La mayoría de los niños menores de 5 años mueren por causas que se pueden evitar o tratar, como complicaciones durante el parto, neumonía, diarrea, sepsis neonatal y paludismo. Dentro de este grupo de edad también existen diferencias regionales, ya que el riesgo que corre un niño de morir en África subsahariana es quince veces mayor que en Europa.

El primer mes de vida es el más peligroso
A nivel global, el período más arriesgado de la vida de un bebé es su primer mes.

Durante 2017; 2,5 millones de recién nacidos murieron durante los primeros 30 días de vida. Así, por ejemplo, un bebé nacido en el África subsahariana o en Asia meridional tiene nueve veces más probabilidades de morir que un bebé nacido en un país de altos ingresos durante ese periodo.

“ La mayoría de los niños menores de 5 años mueren por causas que se pueden evitar o tratar, como complicaciones durante el parto, neumonía, diarrea, sepsis neonatal y paludismo ”

Otras disparidades apuntadas en el informe indican que las tasas de mortalidad de menores de cinco años entre los niños que habitan en zonas rurales son, de media, un 50% más altas que las de los niños de zonas urbanas, y que los bebés nacidos de madres sin formación tienen más del doble de probabilidades de morir antes de cumplir los cinco años que los de madres que han cursado estudios secundarios o superiores.

No obstante, la noticia positiva de este documento la proporciona la reducción de las muertes anuales de los niños menores de cinco años desde el 1990 hasta el 2017. De los 12,6 millones de fallecimientos que se registraron al inicio de la década de los 90, se pasó a 5,4 millones el año pasado. Entre los 5 y los 14 años, la cifra se redujo de 1,7 millones a menos de un millón durante el mismo período de tiempo.

Fuente: VTICAN NEWS

El Papa Francisco hizo un llamado a honrar y respetar a los padres y recordó que “jamás se debe insultar a los padres. Por favor: ¡Nunca insultes a los padres! ¡Nunca! Nos han dado la vida”.

Durante la catequesis de la Audiencia General celebrada este miércoles 19 de septiembre en la plaza de San Pedro del Vaticano, el Santo Padre reflexionó sobre el Cuarto Mandamiento, “honra a tu padre y a tu madre”, e invitó a reconciliarse con los padres cuando se produzca una situación de conflicto o incomprensión.

“Si te has alejado de tus padres, haz un esfuerzo y vuelve a ellos. Tal vez sean viejos… Ellos te han dado la vida. Y luego, el hábito de decir cosas malas. Por favor: ¡Nunca insultes a los padres! ¡Nunca! Haced esta decisión interna: ‘Desde hoy, jamás insultaré al padre o a la madre de nadie’. Te han dado la vida, nunca insultes a tus padres”.

Durante la catequesis, el Pontífice reflexionó sobre “Qué significa este ‘honra’”. “Honrar significa reconocer su valor. No es una cuestión de formas exteriores, sino la verdad. Honrar a Dios, en las Escrituras, quiere decir reconocer su realidad, dar cuenta con su presencia”.

“Es decir, que esa honra se expresa también con los ritos, pero, sobre todo, otorgando a Dios su lugar propio en la existencia. Honrar al padre y a la madre quiere decir, por lo tanto, reconocer su importancia también mediante actos concretos que expresen dedicación, afecto y cuidado”.

En este contexto, el Papa hizo una afirmación rotunda: “Honrar a los padres lleva a una larga vida feliz”.

Este cuarto mandamiento “no habla de la bondad de los padres, no exige que los padres y las madres sean perfectos. Habla de un acto de los hijos, habla de prescindir de los méritos de los padres y habla de una cosa extraordinaria y liberadora: incluso si no todos los padres son buenos y no todas las infancias son serenas, todos los hijos pueden ser felices, porque alcanzar una vida plena y feliz depende del justo reconocimiento hacia aquellos que nos han puesto en el mundo”.

“Pensemos de qué modo esta Palabra puede ser constructiva para tantos jóvenes que proceden de historias de dolor y para todos aquellos que han sufrido en su juventud. Muchos santos, muchísimos cristianos, después de una infancia dolorosa, han vivido una vida luminosa porque, gracias a Jesucristo, se han reconciliado con la vida”.

“El hombre, con independencia de la historia de la que proviene, recibe de este mandamiento la orientación que conduce a Cristo: Él, de hecho, se manifiesta como el Padre verdadero que nos ofrece renacer desde lo alto. Los enigmas de nuestra vida se iluminan cuando se descubre que Dios siempre nos prepara una vida de hijos suyos, donde cada acto es una misión recibida por Él”, finalizó el Papa Francisco.

Fuente: aciprensa

“¡Ha ocurrido el milagro!”, exclamó el Cardenal Crescenzio Sepe, Arzobispo de Nápoles, ante la multitud de fieles congregada en la catedral de esta ciudad italiana. La sangre de San Genaro, patrono de Nápoles, había vuelto a licuarse durante la mañana de este miércoles 19 de septiembre, día en que se celebra su festividad.

El Cardenal Crescenzio Sepe hizo el anuncio durante la celebración de la fiesta litúrgica de este santo del siglo III. El Purpurado mostró el relicario que contiene la sangre de San Genaro para que los fieles comprobaran que efectivamente esta, normalmente coagulada, se había vuelto líquida. A continuación, como marca la tradición, agitó un pañuelo blanco para indicar que el milagro había tenido lugar.

Aunque habitualmente el proceso se produce ante la vista de los fieles congregados, el Arzobispado, por medio de un comunicado de prensa, señaló que en esta ocasión comprobaron que la sangre ya estaba licuada cuando abrieron la caja fuerte en la que se guarda el relicario.

La licuefacción de la sangre de este santo es un fenómeno inexplicable que se produce tres veces al año: el sábado anterior al primer domingo de mayo, con motivo de la traslación de los restos del santo a Nápoles; el día de su fiesta litúrgica, el 19 de septiembre; y el 16 de diciembre, aniversario de la intercesión de San Genaro para evitar los efectos de la erupción del volcán Vesubio en el año 1631.

Cabe recordar que en diciembre del año 2016 no se produjo el milagro, lo cual provocó cierta preocupación entre los fieles. Aunque el hecho de que no se licúe se suele interpretar como el anuncio de un desastre, esto no siempre es así.

De hecho, el proceso no siempre se produce del mismo modo: a veces tarda varias horas, o incluso días, en licuarse. En otras, como en esta ocasión, el milagro se produce antes de la celebración litúrgica, y en otras ocasiones, por motivos desconocidos, la sangre no se licúa.

El mismo Papa Francisco fue testigo del inexplicable fenómeno en marzo de 2015. En aquella ocasión, la sangre se licuó delante de la mirada del mismo Santo Padre fuera de las tres fechas indicadas. Por lo tanto, se trató de un hecho extraordinario, que también se produjo en 1848 delante del Papa Pío IX.

El milagro no sucedió durante las visitas de San Juan Pablo II en 1979, ni de Benedicto XVI en 2007.

La sangre licuada permanecerá expuesta en la Catedral de Nápoles durante varios días antes de devolver el relicario a la Capilla del Tesoro.

El martirio de San Genaro

San Genaro, patrono de Nápoles, fue Obispo de Benevento. Durante la persecución contra los cristianos fue hecho prisionero junto a sus compañeros y sometido a terribles torturas. Un día, él y sus amigos fueron arrojados a los leones, pero las bestias sólo rugieron sin acercárseles.

Entonces fueron tildados de usar magia y condenados a morir decapitados cerca de Pozzuoli, donde también fueron enterrados. Esto sucedió aproximadamente en el año 305.

Las reliquias de San Genaro fueron trasladadas a diferentes lugares hasta que finalmente llegaron a Nápoles en 1497.

Fuente:aciprensa

Me siento agradecida por cada uno de mis hijos, los tres que se encuentran a mi lado y aquél que partió prematuramente al lado de Dios. Las 10 semanas que estuvó en mi vientre marcaron mi vida para siempre.

Hablar de una pérdida, de un aborto espontáneo, es casi un tabú, las madres que perdemos a un hijo en el vientre tenemos aún pocos espacios en donde compartir esta experiencia y encontrar consuelo. Personalmente, creo que no se habla lo suficiente del dolor, de la angustia, del anhelo grande y de la culpa que trae una experiencia tan honda.

Jamás imaginé que pudiera existir un dolor tan inexplicable. Una pena tan grande que pareciera que te va a partir por dentro. La impotencia y el asombro de ver la vida de tu hijo irse entre tus dedos (literalmente), y no poder hacer nada. La culpa que se siente por creer que no has sido suficiente. Tantos sentimientos, tantas preguntas juntas, anhelos, sueños y expectativas que nunca verán la luz. Nombres que se quedaron flotando en el aire, pequeños detalles que se quedan casi huérfanos. Una maternidad y una paternidad trunca, hermanos que ahora juegan en sus sueños.

Este tiempo ha sido un tiempo duro, pero a la vez de una riqueza espiritual muy grande. Dios en su infinita bondad permitió que encontrara a una persona maravillosa, que vive a miles de kilómetros de distancia, pero que me acompañó y me ayudó a atravesar este duro camino casi de la mano. Encontré a Karen Edminsten por una de esas diosidencias (las casualidades no existen), le escribí porque el título de su libro, “After a miscarriage. A catholic woman’s companion to healing and hope” (Luego de una pérdida. Una compañía para la mujer católica hacia la esperanza y sanación). Me pareció muy interesante pero no estaba disponible en mi país. Le conté un poco de mi historia y no solo me envió una copia de su libro, sino que tuvo la delicadeza de acompañarme con sus oraciones y palabras de aliento siempre que recurrí a ella.

A través de su libro y la propia experiencia de la pérdida es que me atrevo a dejar algunas reflexiones, que tal vez podrían ayudar al momento de enfrentar un sufrimiento tan grande como es la pérdida de un hijo en el vientre.

1. La pena no se puede vivir a solas

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Pareciera que luego de una pérdida nadie puede entender lo que estás viviendo, es como si de pronto tu vida se hubiera detenido pero en el resto del mundo todo siguiera igual. Las palabras de consuelo suenan vacías, te cansas de tanto llorar y si pudieras salir corriendo de donde estás, lo harías. Las preguntas son interminables y si no te haces dueña de ellas en algún punto, corres el riesgo de hacer que la herida no solo no sane sino se haga más onda. Una pérdida puede generar un trauma tan grande que incluso puede llevarte a la depresión, no dudes en buscar ayuda profesional si así lo requieres.

Aunque parezca que nadie puede entender lo que vives, es necesario que dejes que los demás entren en tu vida. Abre tu corazón herido y deja que entren, permite que te vean herida y frágil, llora y abraza el consuelo, así este consuelo no sea de la medida que esperabas. Déjate amar, el amor es la mejor medicina. Busca ayuda y déjate ayudar. Hablar de lo sucedido ayudará mucho.

Para las que hemos perdido un bebé en el vientre ayuda mucho que el resto lo reconozca, que reconozca el dolor a través de un mensaje, una tarjeta o una visita breve. Gracias de todo corazón a los que estuvieron cerca y respetaron mis tiempos.

2. Tu esposo también sufre, aunque no lo demuestre como tú

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Ver llorar a mi esposo es algo que no sucede con frecuencia. Admiro su fortaleza y la capacidad de dar vuelta a la página que tiene. Siempre he considerado esto como algo muy sano de hacer, sin rencor y con amor. Y sin embargo, ahora cómo quisiera que se eche a llorar conmigo, que extrañe de la misma manera en que extraño yo. Me ha costado tiempo entender que él también sufre y que nuestra familia no hubiera funcionado si es que él no hubiera escogido la cordura a pesar de su dolor. El nos ha llevado en hombros a todos y ha secado cada una de mis lágrimas. El que él no sufra en el mismo modo en que lo hago yo, no significa que no sufra en lo absoluto. Sus ilusiones y el amor por ese hijo al que hablaba desde el primer momento en que supo que habitaba en mi vientre, también se han roto.

3. El poder tan grande de una vida tan pequeña

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En este tiempo, en que en el continente el discurso anti vida cobra relevancia. El valor de una vida tan pequeña habla aún más fuerte. «No es una vida, es tan solo un cúmulo de células» Y yo pienso: ¿No somos todos acaso un cúmulo de células, de órganos y de tejidos? Efectivamente somos eso y más. ¿Cómo alguien tan pequeño ha ocasionado tal revolución en nuestras vidas? ¿Cómo es que nos hemos planteado el valor del presente y el sentido de la existencia? Mi pequeña vida, mi hijo ha dejado una huella tan grande que es imposible borrarla, su vida, así de chiquita le ha dado tanto a la nuestra. Sus hermanos lo llaman, lo amaron desde que les dimos la noticia de su llegada, tiene un lugar especial e insustituible en nosotros. Así como la vida de tantos bebés que partieron pronto. Hemos aprendido que el amor trasciende tiempo y espacio.

Es verdad que un sinnúmero de afirmaciones contradictorias inundan el ambiente: «un feto no es un niño» Ciertamente no lo es, lo que no significa que no sea mi hijo o que no sea un ser humano. «El ser humano surge en el momento en que se establece la relación amorosa entre la madre y ese ser que está creciendo en ella» ¿Quiere decir que si no te aman no existes? ¿Solo existen aquellos que son amados? Todos somos amados. Mi hijo fue amado desde el minuto cero… El valor de la vida es un misterio porque es un don, una potencia y una realidad siempre amada, infinitamente amada.

4. Tú no tienes la culpa

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Mi hijo vive, tiene un nombre, una identidad, es una persona concreta que existirá por siempre. Yo espero por el día en que lo pueda mirar de frente y compartir con él la eternidad. Esa a la que hemos sido llamados todos, el regalo inmenso que Dios nos ha dado a través del sacrificio de su propio hijo Jesucristo. La muerte no tiene la última palabra. Si fue un aborto espontáneo recuerda que tú no tuviste la culpa. No te des vueltas en ideas que ahora no hacen sentido: si sólo me hubiera cuidado más, si hubiera comido mejor, si no hubiera hecho deporte, si no me hubiera caído, si fuera más joven… Tú no tienes la culpa, no hay nada que puedas hacer, más que honrar la vida que te ha sido dada y atesorar el breve pero precioso tiempo que estuvieron juntos. No vas a encontrar una explicación del por qué de lo sucedido, es lamentable y doloroso, pero cuando todo haya pasado descubrirás que, por más que no lo entiendas, todo tuvo un sentido.

5. La belleza del dolor luego de que este ha pasado

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Mirando atrás, la experiencia de dolor está presente aún, el recuerdo hace que las lágrimas afloren inmediatamente, pero empieza a aparecer también una experiencia de gratitud. Gratitud por la experiencia del amor, de recibir el don de la vida, de valorar el momento presente, de amar en primera persona, de dejarse amar y consolar. Y aunque no encuentre más palabras para explicar esto, creo que es algo que con el tiempo (distinto para cada persona) y de la mano de Dios, empezarás a experimentar.

6. No temas pedir ayuda y buscar consuelo

madre

Yo no lo sabía, pero existen instancias y apostolados dentro de la Iglesia católica que están al servicio de las madres que han perdido un hijo en el vientre. Puedes hacer una pequeña liturgia, colocarle un nombre, hay personas que pueden ayudarte; el Instituto IRMA, El apostolado de las lágrimas de Hanna y muchísimas instancias más. No estás sola en esto, recurre a tu director espiritual, a un sacerdote de confianza, a tu parroquia. María Santísima es quién mejor puede entender por lo que estás pasando, recuerda que ella perdió a su hijo en la Cruz para que nosotros ganáramos la vida eterna. Ella conoce tu sufrimiento.

«Que los hijos se reciban como vienen, como Dios los manda, como Dios permite» (Papa Francisco)

Te invito a compartir este post con todas aquellas madres que han perdido a sus hijitos, dentro o fuera del vientre y a participar en la conferencia online «Taller de sanación de heridas afectivas» si te gustaría reforzar las herramientas para afrontar el dolor desde una perspectiva de fe.

Fuente: CatholicLink

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