Diócesis

Quizás alguna vez nos ha pasado que sentimos las ganas de rezar, pero no sabemos qué decirle a Dios. El corazón nos llama al encuentro con Él, pero no encontramos las palabras adecuadas para expresar lo que pensamos y sentimos. Quizás lo que se nos viene a la mente nos parece poca cosa, o tenemos las ideas muy desordenadas, o incluso no se nos viene nada a la cabeza y nos sentimos vacíos. A veces, también puede suceder, nos sentimos tan mal por lo que hemos hecho que ni si quiera nos vemos con derecho de hablarle a Dios.

Para empezar, es importante no frustrarnos ni desesperarnos. Dios está ahí a nuestro lado, acompañándonos para que podamos encontrarnos con El. Es lo que más quiere, y su sed por nuestro corazón es infinita, sin importar cómo lleguemos. Acá anoto algunas cosas que me han ayudado cuando me encuentro en esas situaciones.

1. Empezar siempre con una oración al Espíritu Santo

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Pedirle a El que nos ilumine, que nos inspire, que nos llene de su presencia. Basta un “Espíritu Santo, ilumíname” para que actúe con más fuerza en nuestro interior, pues ya el tener ganas de rezar significa que está obrando en nuestra vida y nos llama. Existen otras oraciones muy antiguas y hermosas. Recomiendo el “Ven Espíritu Santo Creador” y la Secuencia de Pentecostés.

2. Dios conoce todos los idiomas, sobre todo el de nuestro interior

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Dios escucha nuestras palabras, pero sobre todo ve nuestro corazón. Ahí, donde se mezclan nuestros anhelos, sentimientos difíciles de discernir o interpretar, incluso frustraciones, cosas bonitas y fragilidades, Dios con su fineza va entendiendo igual. El comprende bien ese lenguaje con el que nos queremos comunicar y que nosotros no sabemos entender. Confiemos siempre en ello. Sepamos que ninguna oración, incluso aquella que viene mezclada con otros deseos o pensamientos, es poca cosa para Dios.

3. Recurrir a oraciones ya escritas

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El Señor Jesús nos enseñó el Padre Nuestro quizás precisamente para esos momentos donde no sabemos qué decir. ¿Puede haber una mejor oración que la que Dios mismo nos enseñó? Junto con ella la tradición de la Iglesia ha ido acumulando grandes tesoros: el Ave María, la Salve, el Adoro te devote… y muchísimas otras. Entre ellas vale la pena destacar la Liturgia de las Horas. Son oraciones que toda la Iglesia reza en la mañana, en la tarde, en la noche, basadas en los Salmos. Si no tenemos palabras para rezar, ahí con seguridad encontraremos muchas, así como una experiencia de comunión con la Iglesia Universal, pues esas mismas oraciones las rezan los católicos en todo el mundo.

4. Utilizar una imagen

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A veces, si no tenemos palabras, ayuda mucho centrar la atención en una imagen. Mirar detenidamente un crucifijo, una imagen de Jesús, empezar a notar sus detalles, el rostro, las heridas, poco a poco va suscitando en nosotros pensamientos y sentimientos que nos ayuden a elevar una oración. Puede ser un buen punto de partida para encontrar el camino hacia las palabras que se nos escapan.

5. Narra tu día

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A veces, cuando no sé bien qué decirle a Jesús, pero quiero estar con El, empiezo a contarle mi día. Se lo voy narrando, con detalles, haciéndole notar las cosas bonitas y las que no lo son tanto. Así siento que le voy compartiendo mi corazón, haciéndolo parte de mi vida, dejándolo entrar en los acontecimientos de mi jornada. También le cuento lo que pienso hacer. Poco a poco van aflorando palabras de gratitud, esperanza, de necesidad y de amor.

6. Solo míralo y deja que Dios te acompañe

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No es la última opción, al contrario, a veces puede incluso ser la primera. Si no tengo palabras, sencillamente me quedo mirándolo en el Santísimo o en una imagen. En ese silencio, sin el esfuerzo de tener que estar buscando palabras, y con la fe de que El está conmigo, he experimentado momentos muy bonitos de oración y encuentro. A veces pienso que sé que estoy con un buen amigo cuando el silencio no incomoda. ¡Igual con Jesús! Estar solo con El, en silencio, sencillamente bajo su mirada amorosa, es una oración hermosa y llena de gracia. En tantas ocasiones, además, ahí es donde lo he escuchado mejor.

Fuente: CatholicLink

 

En la memoria de san Alfonso María de Ligorio este primero de agosto, el Papa Francisco reanudó sus Audiencias Generales en el Aula Pablo VI del Vaticano, tras la pausa estiva. El Romano Pontífice impartió su catequesis sobre los diez mandamientos. Tras haber escuchado junto con los peregrinos presentes el primer mandamiento del decálogo, tomado del Libro del Éxodo el cual reza: «No tendrás otros dioses frente a mí» (Ex 20,3), hizo el punto en el tema de la idolatría. Se trata de un tema “de gran actualidad”, dijo, que afecta a todos los seres humanos, creyentes o no.

El ser humano, sea creyente o no, es propenso a crearse ídolos

“El mandamiento prohíbe crearse ídolos o imágenes de cualquier tipo”, explicó en primer lugar. “Porque todo - añadió- puede ser usado como ídolo”. “Se trata de una tendencia humana que no ahorra ni a creyentes ni a ateos”. La idolatría – recordó citando el catecismo de la Iglesia Católica - no se refiere sólo a los cultos falsos del paganismo. Es una tentación constante de la fe. Consiste en divinizar lo que no es Dios.

Hablando en español se expresó de esta manera:

El primer mandamiento del decálogo, que dice: «No tendrás otros dioses frente a mí» (Ex 20,3), nos lleva a reflexionar sobre el tema de la idolatría, que es de gran actualidad. Al dar este mandamiento, Dios añade: «No te fabricarás ídolos ni figura alguna, […] no te postrarás ante ellos, ni les darás culto» (Ex 20,4-5).

Los “ídolos” esclavizan. Pero, ¿qué es un “dios” a nivel existencial?

A la pregunta arriba expuesta Francisco respondió explicando que es aquello que está en el centro de la vida y algo de lo que uno depende y piensa. “Uno puede crecer en una familia nominalmente cristiana, pero centrada, en realidad, en puntos de referencia ajenos al Evangelio”, dijo. Y explicó que esto sucede porque los seres humanos no viven sin enfocarse en algo:

El ser humano, sea creyente o no, es propenso a crearse ídolos. La palabra “ídolo” en griego viene del verbo “ver”. Un ídolo es una “visión” que llega a ser una fijación, una obsesión sobre algo que pudiera responder a las propias necesidades y, por tanto, se busca y se hace todo por alcanzarla, pensando que en ella está la felicidad.

El ídolo - se explayó Francisco en italiano- en realidad es una proyección de uno mismo en objetos o proyectos: y es ésta la dinámica que utiliza la publicidad. No veo el objeto en sí mismo, sino que percibo ese automóvil, el teléfono inteligente, ese rol u otras cosas, como un medio para realizarme y responder a mis necesidades esenciales.

Es así como “lo busco, hablo de eso, pienso en eso” y “la idea de poseer ese objeto o realizar ese proyecto, llegar a esa posición, parece una forma maravillosa de alcanzar la felicidad, una torre para alcanzar el cielo (véase Gen 11,1-9), y todo se vuelve funcional para ese objetivo”, añadió.

Los ídolos arruinan vidas y familias

“Sin embargo, los ídolos exigen un culto y a ellos se sacrifica la propia vida con tal de alcanzarlos. Se antepone el dinero, la fama o el éxito a la familia, a los hijos y a la integridad de la vida. Los ídolos son mentirosos prometen felicidad, pero no la dan, sino que esclavizan y terminan haciéndose dueños de nuestra existencia”: así el Pontífice puso en guardia sobre el poder nocivo que ejercen los ídolos en nuestras vidas, dando, además, algunos ejemplos de estos ídolos, a saber, la fama, la belleza, la carrera, el dinero.

“Los ídolos piden sangre”, aseguró. Y “las estructuras económicas sacrifican vidas humanas por mayores ganancias”. De este modo las vidas se arruinan, las familias se destruyen y los jóvenes quedan en manos de modelos destructivos, sólo para aumentar las ganancias.

“En cambio, el verdadero Dios - iluminó el Papa a los presentes - no nos ofrece ilusiones ficticias ni hace despreciar el momento presente, sino que enseña a amar a los demás y a vivir la realidad de cada día”.

Reconocer las propias idolatrías es un inicio de gracia

Y porque el Dios verdadero no pide la vida sino que la dona, reconocer las propias idolatrías es un inicio de gracia que pone en el camino del amor, sostuvo Francisco, explicando asimismo que, de hecho, el amor es “incompatible” con la idolatría: si algo se vuelve absoluto e intocable, entonces es más importante que un cónyuge, un hijo o una amistad. El apego a un objeto o a una idea nos hace ciegos al amor.

En cambio “para amar de verdad”, uno “debe ser un ser libre de los ídolos”.

Reconozcamos y erradiquemos los ídolos que nos tienen esclavizados

En los saludos que dirigió a los fieles en los distintos idiomas, hablando en italiano se dirigió en particular, y como lo hace habitualmente, a los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados, y recordando la memoria litúrgica de San Alfonso María de Ligorio “celante pastor que conquistó los corazones de la gente con mansedumbre y ternura, frutos de la relación con Dios, bondad infinita”, les animó a que su ejemplo les ayude a vivir con alegría la fe en las acciones sencillas de cada día.

Mientras que en la conclusión de la catequesis que impartió en nuestro idioma animó a todos a entrar en el propio interior “para reconocer y erradicar los ídolos que los tienen esclavizados” y para poner en su lugar “al verdadero Dios, que los hará – dijo - libres y plenamente felices”.

Fuente:Conferencia Episcopal de Colombia

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Shutterstock

Lugares donde queremos llegar, bien subiendo una montaña, bien caminando por senderos frondosos, tal vez recorriendo la costa contemplando el mar. Algunos peregrinan hasta allí durante días, semanas, meses. Otros llegan para retirarse durante un fin de semana.

También nos topamos con ellos en raros momentos en los que una belleza trascendental se comprime en un único instante que parece durar para siempre.

Vuelven a resonar en nosotros en la música o a través del arte. Quizás nos sorprendan al aparecer en el arrullo de un bebé, en un niño que nos toma de la mano o en una tranquila taza de café a primera hora de la mañana sentados en el patio de casa.

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La voz de Dios nos susurra en esos momentos y lugares especiales.

Para mí, donde ese velo casi translúcido se ve durante la Misa y creo que es ahí desde donde se esparcen un infinito número de lugares finos en el agreste mundo. Descienden sobre nosotros como una puesta de sol y se derraman sobre el horizonte.

Son el tipo de lugar que queremos fotografiar y conservar para siempre, aunque la foto nunca les hace justicia. Quizás el hecho de que son imposibles de guardar para más tarde es lo que los hace tan preciosos.

Después de la experiencia de estar en un lugar así, todo resulta difícil de describir. ¿Qué fue lo que sentiste durante la Misa? ¿Qué te hizo aplaudir espontáneamente cuando viste el sol derretirse? ¿Por qué aquella mañana te dio un vuelco el corazón cuando durante tu paseo atravesaste una niebla que flotaba sobre el paisaje como el incienso?

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Kazuend I Unsplash

Estas experiencias son difíciles de describir no porque no se nos den bien las palabras, sino porque son misterios que rozan lo infinito y las palabras no pueden contenerlos.

Los finos lugares a menudo son sitios concretos o, al menos, cierto tipo de lugar. Por ejemplo, una vista desde la cima de una montaña, un cielo estrellado o un santuario en el centro de la ciudad.

Sin embargo, quizás encontremos por sorpresa un lugar fino en una ubicación o en una circunstancia concreta. Los lugares en sí no son mágicos, son una ventana que echar un vistazo al Paraíso.

¿Cómo encontrar los “finos lugares”?

Mi dificultad particular es que con frecuencia estoy demasiado distraído como para mirar por la ventana. Me pierdo muchísimos lugares porque estoy sumergido en el grueso de mi propio estrés, embobado con el móvil o simplemente descuidando la forma de usar mi tiempo.

La manera de encontrar finos lugares es fácil de explicar, pero difícil de llevar a cabo en la vida real. Es fácil porque todo lo que requiere es estar dispuesto y listo para mirar. Esto significa cultivar pacientemente el silencio interior y esperar a que el misterio se despliegue.

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Tom Holmes I Unsplash

Si sé que la Misa es uno de esos lugares, no puedo permitir que mi asistencia se vuelva irregular o que me distraiga mientras estoy allí. O si sé que una vez al año necesito al menos unos días en un lugar apartado en medio de la naturaleza para estar a solas, tengo que proteger esos cuantos días en mi agenda.

Todos hemos sentido lo sagrado en muchos lugares –el Cielo está más cerca de lo que pensamos– pero con demasiada facilidad nos olvidamos de hacer el esfuerzo de regresar a esos sitios con regularidad.

Una vez que sabemos dónde está un lugar fino y cómo reconocerlo cuando lo encontramos, lo siguiente es tan fácil como simplemente estar ahí y tener un corazón abierto, cosa que también puede resultar ardua.

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Anna Goncharova I Unsplash

Los beneficios

Sin embargo, el esfuerzo vale la pena, porque como seres humanos necesitamos momentos en la presencia de lo divino. Esto se debe a que somos más que nuestros cuerpos y también necesitamos alimentar nuestras almas.

Nuestras vidas no son puramente materiales y necesitamos renovarnos espiritualmente con regularidad.

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Photo by Diana Simumpande on Unsplash


Pasar tiempo en un lugar fino reajusta nuestra perspectiva sobre lo que es importante en la vida.

Lo que realmente importa es el lugar tranquilo alrededor del cual gira el ajetreo de la vida diaria. Ahí es donde nos redescubrimos a nosotros mismos renovando nuestra conexión con Dios. Cuanto más tiempo permanezcamos en el centro, más lejos girarán nuestras ansiedades y distracciones.

Los lugares finos son creados sobre todo por amor. Cuando nuestro amor se expande y toca el amor de Dios, ahí es cuando surge la chispa, y es una chispa que puede prender el fuego en tu alma.

MICHAEL RENNIER | Jul 27, 2018

Fuente: Aleteia

El Papa Francisco respaldó una propuesta de crear una red que abarque todos los continentes de reflexión ética en clave teológica.

En un mensaje enviado a los participantes en la III Conferencia Internacional Catholica Theological Ethics in the World Church que se celebra en Sarajevo, Bosnia y Herzegovina, del 26 al 29 de julio de 2018, el Santo Padre resaltó “la necesidad de construir puentes, no muros” en una sociedad que atraviesa grandes retos con fenómenos como la migración ocasionada por las guerras y las penurias económicas.

“Sin renunciar a la prudencia, estamos llamados a reconocer cada signo y movilizar toda nuestra energía para eliminar los muros de división y construir puentes de fraternidad en todo el mundo”, afirmó

En este sentido, apuntó que la cuestión de la ética teológica “puede dar su propia contribución específica” a la necesidad de construir puentes. “Encuentro incisiva vuestra propuesta de crear una red entre personas en los diversos continentes que, con diferentes modalidades y expresiones, puedan dedicarse a la reflexión ética en una clave teológica en un esfuerzo para encontrar recursos nuevos y efectivos”.

Francisco aseguró que “con tales recursos, se pueden llevar a cabo análisis adecuados, pero, lo que es más importante, se pueden movilizar energías para una praxis compasiva y atenta a situaciones humanas trágicas, preocupada por acompañarlas con un cuidado misericordioso”.

“Para crear una red así, es urgente construir puentes entre vosotros, compartir ideas y programas, y desarrollar formas de acercamiento. Huelga decir que esto no significa luchar por la uniformidad de los puntos de vista, sino más bien buscar con sinceridad y buena voluntad una convergencia de propósitos, con apertura dialógica y con la discusión de perspectivas diferentes”.

El Papa animó a los participantes, como expertos en el campo de la ética teológica, “a apasionaros por este diálogo y a trabajar en red. Este enfoque puede inspirar análisis que serán aún más perspicaces y atentos a la complejidad de la realidad humana”.

“Vosotros mismos aprenderéis cada vez mejor cómo ser fieles a la palabra de Dios que nos desafía en la historia, y a mostrar solidaridad con el mundo, que no estáis llamados a juzgar sino, más bien a ofrecerle nuevos caminos, acompañar itinerarios, restañar heridas y sostener debilidades”, finalizó.

Fuente: aciprensa

Las sensaciones que experimentamos en nuestro cuerpo cuando estamos molestos o enfadados van desde el aceleramiento de las pulsaciones, las ganas de llorar, el temblor en las manos, el dolor de cabeza, hasta el impulso de querer golpear o arrojar cosas con fuerza. Probablemente a nadie le gusta sentirse de este modo, pero el sentimiento de rabia llega a nuestras vidas desde que tenemos pocos días de antes de nacer, nos irritamos con facilidad y naturalmente tenemos que expresarlo de algún modo.

«Just Breathe», el video que verás a continuación muestra a varios niños que explican cómo se sienten cuando están enfadados. Asombrosamente muchos de ellos hablan con la elocuencia de un adulto, dándonos algunos tips para controlar las emociones y trasladar toda esa rabia hacia un lugar más tranquilo y calmado, en donde casi como un tornado, nuestras emociones y pensamientos van bajando la velocidad poco a poco.

 

Con seguridad todos hemos escuchado a algún amigo o familiar que dice “así soy yo y no voy a cambiar” o tal vez seas tú el autor de esta frase. Pero te tengo una buena noticia: tenemos la capacidad de cambiar, no por completo, pero sí podemos tomar la decisión de cambiar aspectos de nuestro carácter con los que no nos sintamos a gusto. Esto quiere decir que aunque cada uno de nosotros tiene una personalidad única, también tiene un carácter modificable. La personalidad es el conjunto de sentimientos, actitudes y pensamientos que nos caracterizan desde que nacemos, es un patrón que hace nuestro comportamiento predecible y nos define a la hora de relacionarnos con otros, mientras que el carácter se refiere a la forma en que podemos reaccionar frente a determinada situación, por esta razón decimos que es casi “moldeable”. Ejemplo: cuando te sientes enfadado con otra persona, sueles gritar y decir lo primero que se te pasa por la cabeza. Si quisieras cambiar este aspecto de tu carácter, podrías optar por tratar de guardar silencio mientras la otra persona habla, pedirle un momento para discutir después con más calma y retirarte a un lugar tranquilo para pensar mejor. Cosa que suena muy fácil pero requiere de mucha, mucha voluntad. Estar enojado es un sentimiento del que nadie puede escapar y aunque es cierto que hay personalidades más fuertes que otras, chicos y grandes, estamos expuestos todo el tiempo a un sinnúmero de situaciones que ponen a prueba nuestro carácter.

Es importante que pensemos en la forma en que nos estamos relacionando con los demás, cómo les hablamos, qué tono usamos, qué palabras solemos emplear, qué dice nuestro lenguaje corporal cuando otros nos piden discutir algún tema o qué actitud adoptamos cuando vemos que otros están enojados o frustrados. En la actualidad muchas discusiones se llevan a cabo a través del celular y esto cambia por completo el panorama, porque cuando leemos lo que la otra persona nos escribe le ponemos tono y no cualquiera, sino el que nosotros queremos o suponemos que la otra persona usa. De allí los malentendidos cuando ante un texto de la extensión de una novela alguien nos responde con un ok.

Estos son algunos tips que pueden ayudar a controlar tus emociones:

Si eres una persona que explota con facilidad: contén las ganas de hablar, no dejes que las palabras hirientes que viajan a toda velocidad por tu cabeza salgan de tu boca. Pídele a esa persona con la que discutes que te regale un momento para hablar con más calma en otro lugar u hora del día.

Respira hondo y vete a un lugar en el que solo quepan tus pensamientos y tú: respirar hondo puede sonar a cliché cuando estás enfadado, pero realmente puede funcionar cuando te aíslas de la situación y tienes la oportunidad de repasar las ideas que tienes en mente sin la distracción de otras personas.

Llora: algunas personas usan el llanto como canalizador de la ira y puede ser muy efectivo. Vete a un lugar donde nadie te vea, a tu habitación, un baño o un espacio abierto y deja que la rabia salga a través del llanto. En la mayoría de los casos la tristeza suele colarse en temas de conflicto y puedes llegar a sentirte mucho más tranquilo y confiado para hablar con la otra persona cuando hayas dejado de llorar.

Si estás en tu lugar de trabajo: si la discusión se origina dentro de una reunión o junta, puedes pedir unos minutos para salir, tomar algo de agua, respirar hondo, cerrar los ojos y volver con una mejor disposición al diálogo. Estos pequeños detalles pueden marcar la diferencia.

Haz una lista: si has decidido hablar con esa persona otro día o dentro de unas horas, esta idea puede funcionarte. En una hoja o en las notas de tu celular, realiza una lista que enumere uno a uno los temas que quieres discutir, aquellos con los que estás de acuerdo o que te gustaría modificar, en la mayoría de los casos la rabia no nos permite pensar con claridad y olvidamos mencionar cosas importantes. De allí viene el remordimiento que sentimos luego de una discusión que se lleva a cabo en caliente y pensamos “Le hubiera dicho esto y lo otro”, “no tenía razón en x cosa”, “le habría podido recordar de aquella vez”.

Evita que las discusiones lleguen a su punto máximo: sé inteligente, gánale a tu rabia y si sabes que ya se han ido acumulando sentimientos de molestia e inconformidad con cierta persona, toma la delantera y pídele un momento para hablar. Escoge un lugar en donde no puedan ser interrumpidos y ambos se sientan cómodos y discute la situación con la mejor actitud y disposición de escucha. No esperes a que las cosas se salgan de control para pedirle a esa persona que te regale unos minutos para hablar en privado.

Hace unos meses el Papa Francisco se refirió a la paciencia diciendo: «La paciencia no es resignación, es dialogar con los propios límites». ¡Y que razón tiene el Papa con estas palabras! a veces relacionamos este don con la debilidad, cuando en realidad es de valientes. Recordemos entonces que somos dueños de nuestras emociones, y así mismo, dueños de tomar la decisión de corregir y cultivar las virtudes necesarias que nos permitan no ser perfectos, pero sí mejores seres humanos.

Fuente: CatholicLink

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